VII. Felicidad





Siglos después, todavía recuerda los meses que siguieron a esa noche como los más felices de su vida. Pero, ¿qué es la felicidad?
Es saber a tu amada a tu lado, dándote la mano, apretándola fuerte y diciéndole al mundo que estará junto a ti durante toda la eternidad, cada segundo inventado de este mundo incierto. Que lo primero que veas, al despertar cada noche, sean sus ojos y lo último que sientas, antes de dormir al amanecer, sean sus labios acariciándote y su voz susurrando que tengas dulces sueños.
Es poder entregarte entero, sin ligaduras, sin miedos, sin reservas. Es poner tu vida en las manos de tu amada y saber que la tratará mejor de lo que tú mismo puedes hacerlo. Con más ternura de la que jamás recibirás. Que la mimará y la protegerá de cualquier mal. Y que Ella deposite su alma en tu corazón, que te la ceda para que puedas abrazarla a placer, para que puedas acurrucarte con ella.
Es poder compartir cada sensación, cada momento de alegría, cada instante de placer.
Es que alguien te ame y te pueda enseñar a quererte a ti mismo. Es aprender a quererte a ti mismo y de esa forma poder amar a los demás. Que te vea capaz de todo y te ayude a creer que eres capaz de hacer cualquier cosa. Que sepa tus limitaciones y te acoja en sus brazos en la ardua tarea de que tú mismo las asimiles. Que cure cada parte rota de tu alma, que la cosa con pedazos de la suya propia. De tal forma que puedas hacer tú lo mismo por Ella si algún día lo necesita.
Es saber que estarás acompañado en la más cruda soledad, porque tu amada está en tu mente y sabes que tú estás siempre en la suya.
Es poder besar esa boca con sabor a ti todas las noches. Conocer su lengua, su paladar. Cada recóndito rincón de su carne blanda.
Es ver el sol en la noche, la primavera en el invierno, nueva vida en el cementerio.
Por primera vez, sabe lo que es hacer el amor con una mujer. Por primera vez puede disfrutar de una unión en toda su magnitud.
Aquella primera noche, tumbados en la arena blanda de la playa de la laguna, la hace suya en cuerpo y alma, asegurándose que nunca nadie pueda arrebatársela. Durante los meses siguientes, le enseña todas las maneras que conoce de recibir y otorgar placer. Pero sólo Ella puede enseñarle el placer que puede proporcionar el amor.

Desgraciadamente, una afrenta es difícil de olvidar, y el vampiro que reclamó a su amada, ha tenido mucho tiempo para maquinar su venganza. Nunca les perdonará verles llegar juntos aquella primera y gloriosa noche. De la mano. Y ambos inmortales.
Tampoco su quimera, que no se resigna a dormir sola, ni a haber sido relegada a un segundo plano acepta la posibilidad de perderle. Nunca nadie la ha rechazado, hasta ese momento. Y su mente perversa espera el momento de hacérselo pagar.
Pero los amantes, se creen invencibles mientras permanecen juntos. Y no alcanzan a ver que están a un paso de la destrucción.

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