II. Quimera



Sale de trabajar cuando la ve, sola y hermosa, caminando despacio junto a la pared de ladrillos. Es media noche. Las campanadas desde la iglesia llevan un rato insistiendo en que él y media ciudad se enteren de ello. No es demasiado tarde, pero una mujer con ese cuerpo no debería aventurarse a salir sin una escolta.
Admira el bamboleo de sus caderas, apenas esbozadas por su falda suelta. Roja. Contrastando intensamente con sus piernas blancas, perfectas. Larguísimas. De tobillos finos y pantorrillas esbeltas. Con la línea de su gemelo, que apenas se cincela cada vez que apoya el peso en el suelo, pidiendo a gritos que una lengua la acaricie.
Sin pensar, empieza a seguir esas piernas calzadas en unos caros zapatos, de tacones finos y altos. Negros. Brillantes. Como el suave cabello ondulado que cae hasta su cintura, recogido apenas con una pequeña pinza, que amenaza con soltarlo a cada paso. Imaginar el tacto de ese cabello contra su pecho desnudo consigue llevarle de cabeza a una dolorosa erección. Y el suave movimiento de su trasero no se lo pone más fácil.
Alza la mirada hasta su cintura estrecha, ceñida por un corpiño carmesí que deja media espalda al aire, descubriendo los frágiles huesos de sus omóplatos y la línea hendida de su columna. Le arden los dedos por su deseo de recorrer esa línea hasta la base, la cual vislumbra a ratos, cuando la cinturilla de la falda y el borde del corpiño se separan a cada paso. Se muere por lamer ese espacio apenas visible, pero tan apetecible…
La mujer pasa una mano por la pared, raspando con sus uñas afiladas el rugoso ladrillo. Habría chirriado los dientes por la grima si no le hubiera resultado tremendamente erótico imaginarse esas uñas arañando los músculos de su espalda, en un arrebato de enceguecida pasión. Acaricia con la mirada la suave curva de la mano, continuando por su delicada muñeca y ascendiendo por su brazo tierno y mórbido hasta el hombro estrecho y de líneas finas. Lo que daría por beber del cuenco de su axila para descender después a los pechos erguidos que bien casan con esa figura.
El deseo hecho mujer.
El placer hecho carne.
Ella gira apenas la cabeza para mirarle por encima del hombro, haciéndole saber que es consciente de que la está siguiendo. Una sonrisa invitadora curva sus oscuros labios rojos y vuelve el rostro al frente de nuevo.
Se le corta la respiración ante tan luminoso perfil, recortado en el cielo oscuro por la pálida luz de la luna. Sus cejas negras perfectamente arqueadas. Sus pestañas rizadas enmarcando unos ojos claros, casi transparentes. Su aristocrática nariz, algo respingona, incitante. Y sus rojos y húmedos labios, opulentos, sensuales… prometedores de caricias exquisitas.
Parece no ser consciente de que se encamina hacia la parte más tenebrosa de la ciudad. Pero su andar es seguro. Como si conociera el camino. Y él la sigue, ajeno al peligro que le grita desde cada grieta en las paredes, desde cada alcantarilla. Los edificios aquí son ruinosos. Cáscaras rotas y vacías, despojadas de la dignidad que tuvieron antaño. A cada paso tiene que esquivar cascotes de piedra y tejas caídas en las aceras. Pero no le importa.
Camina por donde ella camina y unas piernas infinitas son su único guía.
En lo que se tarda en susurrar “te deseo”, ella desaparece de su vista.
Se detiene donde la había visto por última vez y mira a su alrededor desconcertado. ¿Dónde habrá ido?
A su derecha hay un agujero en una pared, dando paso a un conjunto de ruinas polvorientas. Imposible. El no la ha visto internarse por ahí. Pero es la única solución posible al enigma.
Se agacha, apoyando una mano en la mampostería desgastada para ayudarse a entrar en el edificio. Avanza sigiloso rodeando pilas de escombros y vigas podridas. Alza la cabeza al techo, temeroso de que éste se venza y lo aplaste por perseguir una quimera. Parece estable.
Continúa internándose por el laberinto ruinoso, girando en paredes derruidas, madera corrompida y cuerpos inermes de lo que en algún momento habían sido animales. Ahora sus cuerpos se encuentran en varios estados de descomposición. Hay algunos recientes y otros que pueden tener siglos. Una rata roe la carne sin vida de algo que parece ser un brazo humano. Salta ante la visión, dispuesto a abandonar la búsqueda cuando oye voces a su izquierda.
Intenta pasar lo más lejos posible de la hambrienta rata y se encamina hacia el ruido. Una vieja y polvorienta cortina de terciopelo púrpura con flecos dorados le corta el paso. Por un momento teme tocarla. Está llena de telarañas y a saber qué otros insectos. Se acerca despacio y en silencio, intentando captar alguna palabra. Es un gemido agudo lo que llega hasta sus oídos.
Aparta un milímetro la cortina, lo justo para observar en su interior. La escena lo enciende de ira y lujuria.
Es la única estancia relativamente cuidada del edificio. Varias mesas bajas aparecen diseminadas por aquí y por allí, cubiertas con tapetes dorados y velas aromáticas. Hasta su nariz llegan los vapores de la canela y el jazmín. Las paredes aparecen pobladas de tapices deshilachados, con escenas variadas y colores tan brillantes que la habitación habría sido visible en la más absoluta oscuridad. Un colchón se apoya directamente en el suelo, arropado con sábanas de raso granates.
Intactas.
En cambio, en medio del cuarto, un hombre desnudo está sentado de espaldas a él en una silla de madera maciza. Encima, su quimera se arquea en un frenético baile.
No se ha quitado la ropa. Tan solo ha levantado su falda para poder abrir las piernas, colocadas a ambos lados de las caderas del desconocido.
Tanta blancura es un frío contraste contra la otra piel, bronceada.
Apoya los pies en el suelo para poder impulsarse arriba y abajo. Su corpiño ha sido bajado; los tirantes en los codos y sus pechos por fuera del escote, meciéndose con cada vaivén, en un juego hipnótico. El hombre los apresa en sus rudas manos y los lame con avidez, mientras jadea incoherencias contra los tensos pezones.
Pero es su rostro el que puede llevarle a la mayor de las liberaciones. Se toca el bulto de sus pantalones intentando aliviar la hinchazón. Pero su roja boca abierta lleva su lascivia hasta límites insospechados. Pasa la lengua por sus labios, provocadora, murmurando palabras sin sentido, mientras se contorsiona en el regazo del desconocido.
De pronto, abre los ojos y fija la mirada en sus pupilas. Sabe que está allí. Lo ha sabido todo el tiempo. Y continúa impulsándose hacia arriba y hacia abajo, sin pudor, a la vez que él se acaricia observándola.
Unos jadeos se escapan de su deliciosa garganta cuando la tensión empieza a ser aliviada. Pero sus ojos no se cierran, ni se apartan de él durante el tiempo que duran sus espasmos. Y él tiene que sofocar un grito, mordiéndose los labios, al liberarse con ella, sintiendo el líquido ardiente que se desliza por su ropa interior.
La joven espera a que el hombre termine antes de apartar con disgusto las manos que aún aprietan sus pechos y subir el corpiño a su lugar. Pero no se incorpora. Continúa clavada en él sin apartar la mirada.
Por fin, su sedosa voz, como una gota de agua deslizándose por el cristal más fino, rompe el silencio.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor?
La pregunta le aturde por lo inesperada. No contesta. La cabeza del desconocido se mueve a uno y otro lado, buscando desconcertado. El aparta la cortina, provocando una nube de polvo que intenta no aspirar. En cambio, puede oler el aroma del sexo en el ambiente, no del todo escondido entre el humo de las velas. Permanece en el umbral, observando a la extraña pareja; el hombre atravesándole con una ira justificada y a la vez mirando a la joven con un temor que raya en el pánico.
¿Qué diablos pasa ahí?
—Te repito —su voz impaciente—. ¿Puedes hacerlo mejor?
Recorre sus curvas, hambriento de ellas, pensando que a una compañera semejante podría hacerle maravillas. Pero no le sale la voz y se limita a asentir, seguro de sus capacidades superiores a las del ejemplar desnudo, observando sus inquietantes ojos fijos.
Ella sonríe con malicia. No. Con pura Maldad. Acaricia el cuello del hombre con sus uñas afiladas. El rostro de aquel se torna ceniciento por el terror al percatarse de la sonrisa. Sus ojos se abren desmesuradamente, captando algo que él todavía no sospecha.
—No, por favor —ruega como un niño asustado.
Intenta levantarse, pero los muslos de la mujer se lo impiden. Ella se acaricia el filo de los dientes con la lengua, visiblemente divertida por la situación.
—Ya le has oído, puede hacerlo mejor que tú.
El hombre se retuerce bajo ella, intentando separarse de la piel que minutos antes le había hecho arder de placer. Grita, luchando por quitársela de encima, en lo cual fracasa rotundamente. Ella suelta una carcajada antes de abalanzarse con un gruñido sobre su cuello expuesto.
Donde antes había piel bronceada, ahora podía verse tejido desgarrado y la sangre manando a chorros. Cae en la boca abierta de la mujer, que bebe extasiada. Su rostro manchado refulge de placer. Con su muerte, el hombre le ha dado más placer que cuando estaba vivo.
Se levanta con parsimonia, dejando que su ropa y su cuerpo se empapen de rojo. El cadáver resbala entre sus piernas y ella lo observa caer con una sonrisa satisfecha. Lentamente, empieza a andar hacia la salida.
El quiere correr, quiere huir de la matanza, de la mortal criatura que ahora se acerca a él con pasos pausados. Pero se mantiene inmóvil, sin poder apartar la mirada del charco de sangre que se va haciendo cada vez más grande en el suelo.
Se acerca.
Sus blancos colmillos ahora visibles entre la opulencia de sus labios.
No puede moverse. Apenas puede respirar cuando la joven pasa las manos manchadas de sangre sobre la bragueta de sus pantalones. Se acerca a él para poder susurrarle:
—¿Conoces la antigua casa de placer?
Asiente, impactado por las formas que dibuja la sangre en el suelo de piedra.
—Te esperaré allí, el tiempo que haga falta —toma su barbilla y le obliga a mirar sus ojos—. Este hombre me ha dado mucho placer y lo he matado por tu promesa de que serás mejor. Si me satisfaces vivirás como yo. Pero recuerda lo que puede pasar si me mientes.
Lanza una asqueada mirada al despojo que antes había sido su amante y sale de la habitación, dejándole a solas en presencia de la muerte.
Cumplirá su promesa, sabe que tiene que hacerlo. Pero tarda varios años en atreverse.

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