El Fuego de una Princesa

La primera vez que la vi, tenía tan sólo 8 años, y pensé que era para mí. Simorth actuaba de una forma extraña para ser una princesa. No había miradas altivas, ni un cortejo de sirvientas allá donde fuera. Ni siquiera una acompañante que la entretuviera. Era una chiquilla solitaria y apocada, que miraba a la mujer de su padre, la nueva reina, con temor reverencial. No la culpo, las víboras resultaban más amables que esa mujer. Su belleza también la hacía especial. Las princesas de Esalor tenían la mala costumbre de parecerse a sus padres, los reyes, sólo cuando estos eran especialmente feos, y aún así había que dar gracias de que no se parecieran a sus madres. Simorth sólo se parecía a ella misma y era una suerte.
El rey Beorn no permitía que nadie se acercara a la chiquilla, cosa que me extrañó. Se veía a las claras que no era para protegerla, todo lo contrario. Las miradas que lanzaba a su hija cuando la encontraba hablando con alguien, prometían futuras represalias, cuando nadie rondara a su alrededor. La pequeña clavaba los ojos en su padre, a la vez arrepentida y suplicante, pero el rey se limitaba a negar con la cabeza y a obviar la presencia de su hija, como si ésta fuera un adorno sin importancia. Simorth entonces apretaba los dientes, agachaba la cabeza y realmente se convertía en ese adorno.
Años después entendí el por qué de esa medida de precaución. Me encontraba yo recorriendo con la mirada el cuerpo esbelto de la adolescente cuando unos muchachos de su edad empezaron a molestarla. La joven los ignoró y continuó caminando, pero ellos la rodearon, riéndose de ella mientras toqueteaban sus espadas envainadas. Se creían valientes, pero incluso entre risas pude ver un brillo de temor en sus ojos. Me habría gustado intervenir, pero también tenía curiosidad por ver cómo saldría ella del apuro. Primero me cegó una fuerte luz y luego escuché el sonido de la explosión. El caos estalló en el patio del castillo. Tardé unos segundos en recuperar el control de mis sentidos y cuando lo hice la boca se me abrió hasta casi tocar el pecho.
La princesa ardía de furia. Su rostro era una mueca de ira y sus ojos ambarinos, chispeaban con destellos dorados. Su pelo rojo ondeaba como una llama. ¡Y es que eran llamas y chispas lo que rodeaba su cuerpo! Alzó las manos, distorsionadas por un fuego que no la consumía, y las miró con preocupación. Luego se encogió de hombros y siguió andando, bajando el nivel de las llamas a su alrededor a medida que su cólera cedía. Atrás dejó a los muchachos que la importunaban cubiertos de hollín y con las plumas de sus sombreros achicharradas, y a un enamorado que se replanteaba sus primeras impresiones.
Por fin comprendí por qué era tan solitaria y por qué su padre no la rodeaba con damas que la entretuvieran. Tampoco, me corregí, era falta de espíritu, tan solo lo controlaba. Y por último, alcé los ojos al cielo y rogué a los dioses que no me fuera la princesa destinada. Monté con prisas el primer caballo que encontré y huí en busca de una princesa que tuviera aspecto de rey.

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