I. Noche de Rosas y Sangre



Es noche cerrada. Las lúgubres calles permanecen negras y solitarias. Ni un haz de luna puede penetrar el espesor de las nubes eléctricas que sobrevuelan los tejados. Tan sólo las ratas en busca de alimento se aventuran a salir de sus escondites. Ni siquiera los búhos ululan esa noche. Ni los murciélagos aletean en el cielo. Un ser más peligroso está acechando.
En una fría torre, entre dos gárgolas de rasgos afilados  y aspecto monstruoso, el ser oscuro escudriña las sombras de la ciudad dormida.
¿Dormida?
No.
Alguien permanece despierto para él. Todavía puede verla, pálida y frágil en el alfeizar de su ventana. Le vio. Le deseó. Y él la invitó a su morada.
Oye el latido de su corazón. Se está acercando. Y ese sonido es como el batir de los tambores en su cabeza. Como una fanfarria de celebración. Esa noche tiene mucho que celebrar. La celebración de la vida en la muerte. La de la belleza que se torna aún más bella.
La ve entrar en la casa del sueño eterno. Camina entre las camas de los inmortales. ¡Qué poco sabe de su mundo y todo lo que va a averiguar! Ella se para frente a su torre y escudriña con sus ojos azules, oscuros como la noche eterna.
Ha ido a buscarle. Él la espera. Para entregarle una rosa y para beberse su sangre.
Salta de su escondite para erguirse frente a ella. Hermosa en su camisón blanco de seda. Un rayo de luz en la negrura total. Un soplo de vida en su muerte. Ella sonríe al ver las flores en su mano. Hasta que un brillo blanco destaca en su boca, teñida de rojo como las rosas y de granate como la sangre.
Un sollozo se escapa de su alma, cuando ve y, de repente, sabe. Se abalanza sobre ella y clava sus colmillos en su cuello. Ella no teme, sólo llora por los ángeles caídos.
Parece aceptar su destino, pero algo en su interior se rebela. En un descuido ella corre. Huye.
Se oye el rasgar de la seda. Él tiene su camisón en la mano. Ella se vuelve, con su hermoso cuerpo desnudo. Con su esencia carmesí dejando regueros de fuego sobre sus pálidas curvas.
Mira sus ojos negros, que paralizan, que hacen desear más de lo que nadie nunca querría.
El se acerca; una sombra en la noche.
Se arrodilla frente a ella. Y con la lengua recorre el trazo que la sangre ha dejado en su ombligo, en la curva de su seno, en la punta de su pezón erguido. Hasta llegar a la decadente hendidura en su cuello, de donde mana la sustancia que él más desea.
Está aterrada, pero desea más. Él puede olerlo, igual que huele su fragancia de mujer enamorada. Le dará el gusto antes de matarla.
En su mano aparece otra rosa, con la que recorre su piel erizada. Los pétalos suaves acariciando su carne, la enardecen. Más aún cuando separa los pliegues de su feminidad y acaricia su humedad como si le fuera la vida en ello. Se bebe sus gemidos de placer mientras que con la otra mano se deshace de la ropa. Y acaricia su cuerpo joven con un ansia que creía perdida. Moldea sus pechos y rasguña su espalda. Bebe de su boca como si fuera la fuente de la eterna juventud. Sonríe. Él sabe que lo es.
Un relámpago destella en la noche y se entierra en ella con una embestida feroz.
Una virgen.
Los ojos deleitándose en su rostro apasionado. Una virgen. ¡Qué mayor sacrificio que ese! Más embates y ambos jadean por el delirio. Sus cuerpos perlados de sudor, que ni la suave brisa de la noche puede entibiar. Más gemidos asaltan la quietud del lugar. Un grito de éxtasis.
Y sus colmillos se hunden de nuevo en la profundidad de su carne, vaciándola de vida, incluso antes de que haya podido saborearla, mientras sigue empujando en su interior. La última gota de sangre se escapa de su cuerpo y la paladea en su boca. La hora de su placer ha llegado. Un estremecimiento recorre sus músculos haciendo que se arrodille, dejándole débil, como un humano.
Aún está unido a su víctima, ahora fría y dura como el mármol. Echa su cabeza hacia atrás y admira sus rasgos femeninos y bellos aún en la muerte. Los ojos cerrados y la boca entreabierta todavía por su grito de placer. Revuelve su pálido cabello con tacto de seda y posa cuidadosamente el cuerpo amado sobre una tumba rodeada de rosas. Su propia tumba. Y ese parece el sitio en el que ella deba descansar para toda la eternidad. Su hermosa compañera.
Se viste despacio, observando su frío cuerpo desnudo, joven. Virgen hasta que le recibió en él. Posa una mano en su seno, y con un susurro la convierte en piedra.
Sí, será su compañera y guardará su tumba.
Toma otra rosa y la coloca en esos labios que él ha conocido bien. Y con un último adiós, se marcha para no volver a verla. Ni siquiera para recordarla. Es otra la que atormenta su alma.
Ella. Su amada. La única que guardará eternamente en su recuerdo.

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