IV. Empieza el Juego





IV. EMPIEZA EL JUEGO

Claro que estaba segura. Nunca había tenido sexo por placer. Jamás se había visto en una situación semejante, y desde luego, no provocada por ella. Pero ahora… Ahora estaba más que dispuesta a dejarse llevar por el placer que le proporcionaba ese hombre. Y estaba más que dispuesta a provocarlo para que continuara con el juego.
Quería tocarle, quería que le tocara. Necesitaba que esas ardientes manos la acariciasen, que sus cuerpos desnudos se rozasen cubiertos en sudor. Ya podía imaginarse sobre él, bajo él, entorno a él. Apretándole. Pero corría el riesgo de siempre.
Se alejó de él con un suspiro y la cabeza gacha. Sí, ella disfrutaría, ¿pero lo haría él?
—Ya sabía yo que no —comentó Mike con la voz grave.
Karen se volvió con los ojos chispeantes y le recorrió el cuerpo con la mirada, una mirada apreciativa y a la vez insultante.
—Que tú tengas aptitudes para el sexo no significa que todos las tengamos —replicó indignada—. Quiero esto. Te deseo, pero no entiendo por qué me deseas tú a mí. ¿O no lo haces? ¿Por qué me diste la tarjeta?
Sus preguntas parecían histéricas. Ella estaba empezando a ponerse histérica. ¿Por qué le había dicho eso? Abrió la boca para decirle que olvidara sus palabras cuando le vio acercarse a ella con la determinación plasmada en el rostro. Solo pudo observarle, todo su cuerpo, moreno y musculoso, grande, capaz de someterla con facilidad.
—Te di la tarjeta porque no soportaba verte llorar. Porque sabía que yo podía curar tu dolor —adelantó su mano para tomarla por la muñeca, acercando los dedos de Karen a la pequeña toalla que le cubría—. Y porque te deseé desde el momento en que tu cuerpo impactó contra el mío.
La obligó a meter la mano bajo la toalla y a rodearle con sus dedos. Karen jadeó y abrió los ojos con fuerza, sorprendida de haber sido capaz de provocar semejante erección.
—¿Por qué? —preguntó en un susurro, sin retirar la mano cuando él lo hizo.
El lo vio claro entonces. La miró a los ojos y vio en ellos sus dudas, sus inseguridades, sus temores, su hambre de él. Rodeó su rostro con las manos y le alzó la barbilla, hundiéndose en esa mirada expuesta. 
—Porque eres ardiente. Tu mano está quemando mi sexo —ella empezó a moverla, haciendo que la temperatura bajo la toalla subiera unos cuantos grados—. Porque no veo el momento de que tus labios se cierren entorno a mí —introdujo un dedo en su boca y Karen lo rodeó con su lengua—. Sí, así —él jadeó—. Porque cuando te recogí del suelo sólo pude pensar en apretarme entre tus muslos abiertos —la tensión en su cuerpo empezaba a hacerse insoportable y sonrió—. Porque siempre he alabado mi capacidad de contención, pero ahora mismo estoy a punto de correrme en tu mano.
Karen se humedeció los labios y apretó su mano entorno a él, haciendo más rápidos los movimientos. Le miró con los ojos vidriosos. ¡Dios! Solo de pensar en su semen goteando de su mano, se humedecía sin remedio.
—¿Y si quiero que te corras en mi mano? —preguntó algo cohibida.
—Yo preferiría correrme en tu boca —alzó la mano hasta su nuca, hundiendo los dedos en su pelo –. Preferiría hacerlo dentro de ti.
Estuvo tentada de ponerse de rodillas y tomarle con su boca. Pero no lo hizo, iría poco a poco. Tenían toda la noche por delante.
—Podrías correrte ahora en mi mano —dio un paso hacia delante, rozándole el pecho con los duros pezones—. Luego podrías hacerlo en mi boca —se humedeció los labios de nuevo, alzando el rostro hacia él—. Y después dentro de mí, todo lo profundo que quieras.
—¿Eso es lo que tú deseas? —le preguntó, con sus ardientes ojos clavados en su mirada.
Su única respuesta fue ponerse de puntillas y besarle con su boca inexperta. Acarició los labios duros y los lamió tímidamente, siguiendo un impulso de su cuerpo. El la dejaba hacer, observando con los ojos entreabiertos la expresión de su cara. Ligeros toques de su lengua en la piel húmeda de sus labios, leves succiones, mordisquitos intencionados. Los besos que ella le daba, no parecían hacer más efecto que el roce de una pluma. Pronto las dudas la asaltaron de nuevo. ¿Por qué no conseguía dar placer a un hombre? ¿Qué andaba mal en ella? Probablemente, si no estuviera acariciando su pene, se le habría bajado al primer roce de sus labios.
Súbitamente, él pasó una mano por su espalda y la atrajo hacia sí, profundizando el beso, obligándola a abrir la boca con la lengua. Karen gimió por la ruda invasión, más de deseo que por la sorpresa. Su entrepierna volvió a empaparse y su mano se cerró más fuerte sobre su miembro, tomándolo con ansia y necesidad de complacer. Por fin supo lo que era un beso de verdad, con el que podía excitarse y excitar a un hombre. Él, de hecho, empezó a mover las caderas, frotándose contra su mano cada vez más deprisa. Sus manos le apretaban los hombros, crispándose, descendiendo cada tanto para volver a subir en el acto. ¿Por qué no le tocaba los pechos?
Su lengua no dejaba de penetrarla, de investigar cada recoveco de su boca. Succionaba la suya con ansia y acariciaba su interior, descontrolada. Se habría preguntado si le estaba dando placer, si no hubiera tenido la clara prueba entre sus dedos. Los gruñidos que escapaban de su garganta también eran un buen síntoma. Por último, sus movimientos se hicieron más rápidos hasta que todo su cuerpo se tensó y unos chorros de caliente semen empezaron a deslizarse por su antebrazo. 

2 comentarios:

Iris dijo...

Bueno si te has dado cuenta he ido leyendo de atrás hacia delante, pero me a encantado igual, lo que voy a hacer ahora es volverlo a leer, porque me tienes enganchada.

Besos

Maria dijo...

El miedo,la inseguridad de ella,pensaba q iba a echar a perder la novela casi antes de empezar.........pero pa'alivio mio no.......

sigo leyendo

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