I. Cielo y Tierra (I)


En sus rasgos de niño ya se había esbozado lo que llegaría a ser, pero ni en mis más locas expectativas hubiera imaginado al hombre que se alzaba ahora frente a mí. Enorme. Poderoso. Apuesto. Todo lo que cualquier mujer podía llegar a desear. Todo lo que a mí me habían enseñado a odiar. Un guerrero de casta, paradigma de todos aquellos que sustituían el don de la inteligencia por el poder del sudor y la espada, de la guerra y la violencia.

Y, que Eala me perdonase, pero hacía mucho tiempo ya que ese hombre me atraía.

Quizá hubo un tiempo en el que nuestros mundos podrían haberse unido gracias a nosotros. Quizá si no hubiera existido la interminable batalla entre castas, no habría tenido que separarme nunca de él. Ya no importaba.

Yo había causado su caída, forzado su exilio. Para proteger a mi propia casta sacerdotal y por otros motivos mucho más egoístas. Por desgracia, él los conocía todos y estaba dispuesto a hacerme pagar por ellos.

La colina a la que me había subido a la fuerza era escarpada. Pesados bloques de granito se alzaban orgullosos desde el suelo. Algunos romos y suaves, redondeados por el viento incesante que los acariciaba desde el principio de los tiempos y que ahora me hacía estremecer de frío. Y otros, agudos y filosos, desafiando al cielo, marcándolo como un objetivo.

Cielo y Tierra, en guerra perpetua, al igual que nuestras dos castas. La casta sacerdotal, la de la mente y la palabra, que representaba a las diosas del Cielo. La de los guerreros, de la lucha y la fuerza, representando a los dioses de la Tierra.

Siempre enfrentadas, incapaces de convivir en paz.

La casta de los guerreros nunca había encontrado un ejemplar mejor en el que reflejarse que aquél que estaba parado frente a mí. Alto, fornido y sudoroso. Con todos los músculos del cuerpo bien definidos, como si un artesano los hubiera esculpido con un cincel. Los rasgos faciales toscos y arrebatadores, de pómulos marcados, mandíbula cuadrada y nariz ancha, ligeramente torcida por todas las veces que se la había roto. Los labios gruesos, pero duros, apretados en una eterna mueca de disgusto. Al igual que su ceño, siempre fruncido.

Sus manos anchas y grandes alguna vez habían rodeado mi cintura, pero siempre se habían encontrado más cómodas sobre la empuñadura de su temible espada, Mordha, la que ahora mismo me apretaba al cuello, su punta afilada descansando sobre el hueco de mi clavícula. Yo nunca había sido capaz de sujetar el arma y a él jamás le temblaban los brazos al blandirla, apenas consciente del peso. Una bandolera de cuero curtido y tachonado con acero cruzaba su pecho desnudo, necesaria para poder colgar la vaina de Mordha a su espalda. El resto del torso, tan sólo estaba cubierto por tatuajes que le marcaban como un gran guerrero, dibujos que representaban la antigua lengua de los dioses, aquel que tanto odiaba su casta. Yo conocía cada runa, cada símbolo escrito en ese cuerpo. Había sido mi mano la que los había grabado a fuego en su piel.

Como siempre, su vestimenta era del todo inapropiada para presentarse frente a una sacerdotisa como yo. Gruesos pantalones de cuero negro, que se perdían dentro de unas botas de piel de lobo, abrigada y cómoda. ¿Dónde se había quedado la resplandeciente armadura de etiqueta, obligatoria para escoltar a cualquier sacerdote? Lo que sí sabía es que los brazales y hombreras de hierro adornados con temibles púas que lucía en ese momento nunca habían formado parte de ella.

Lo observé todo de él. Todo. Excepto sus ojos.

Podía recordarlos. Grises. Plateados. Con el mismo brillo acerado del filo de su espada. Temibles y amenazadores bajo las cejas negras. Juzgándome y condenándome. Firmes en su decisión de castigarme, sin importar la relación que nos había unido tiempo atrás.

Al igual que no me había importado a mí.



* * * * *

Me animo y empiezo a colgar mis Guerras de Castas. Sería... algo así como la primera parte de uno de mis proyectos... La Noche de Tamán.
Con éste no desesperéis, que ya está escrito. Sólo voy a ser mala y lo voy a dar en pequeñas dosis.
Espero que os guste

3 comentarios:

McDolmar dijo...

Diana, te he dejado un regalito en mí blog...

:-*
DOLORS

Carmen SM dijo...

Wow! He encontrado este blog por casualidad y hasta ahora todo lo que he leido me ha ENCANTADO.
Espero tener tiempo para seguir leyendo tus relatos.
Tienes un don para la palabra escrita.¡Sigue así!

Kyra Dark dijo...

Gracias, Carmen!!
Espero que te guste lo que leas y que yo pueda seguir haciéndolo bien!
Un saludo

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