III. Orgullo y Traición (I)


Desde el cielo y la Tierra veíamos a nuestros hijos enfrentarse. Veíamos a Darien preparado para matar, y a Ilya preparada para morir. Castas enfrentadas, decían; pero no, eran orgullos enfrentados. Un orgullo que había separado sus vidas durante años, sesgando sus sueños, sus deseos… Y aunque ellos no lo supieran, sus destinos. Ahora, el destino alterado les había vuelto a unir. Pero por orgullo, Darien iba a matar, e Ilya iba a morir. La imagen era estremecedora. Dos seres que apenas habían podido vivir alejados, dispuestos a separarse de nuevo y esta vez para siempre.


Seguro que había algo que los dioses podíamos idear para detenerles. Algo con lo que frenar el terrible sacrilegio que estaba a punto de cometerse. Algo que les hiciera darse cuenta de que no era la muerte lo que ninguno de los dos deseaba.

Pero Ilya exponía su cuello sin miedo, convencida de que el sacrificio era justo y necesario. Y Darien empuñaba a Mordha en alto, con el mismo convencimiento, sin apiadarse de la mujer que había sido su compañera durante nueve largos años, y a la que había extrañado casi seis.

Y los dioses sólo podíamos ser silenciosos espectadores de este desperdicio de sangre y vida. En Morava, la luna roja, morada de deidades, observábamos cómo iba a cambiar el futuro y en ningún caso para bien. Nennia se estrujaba los dedos, angustiada. Ninguna reina de la muerte desea acompañar en el trance a los jóvenes deseosos de vivir. El camino se hacía más difícil por las pesadas cargas que no habían tenido tiempo de dejar atrás. Lambia sollozaba sin freno y sin vergüenza. Un amor roto. ¿Qué mayor tragedia para una diosa de la Regeneración? Yo tan sólo clavaba la mirada en esa pequeña Tierra que tantos disgustos nos daba.

Una voz rompió la quietud de las mentes divinas.

—¿La dejará morir si es otro el que la amenaza?

Una voz tenebrosa, ruda, carente de cualquier signo de piedad o misericordia. Incluso él sufría por lo que iba a provocar su guerrero. Daron, el del puño de acero y la espada invencible.

De nuevo observamos la escena, pero esta vez con un brillo calculador en la mirada. Apreciando, más allá de los dos jóvenes, a los hombres ensangrentados que quemaban, mataban y violaban, impusimos en sus mentes una necesidad repentina de escalar las colinas hasta llegar a los túmulos.

Las deidades sonrieron con suficiencia. Estábamos a punto de presenciar la salvación de las castas de los hombres o su caída. Aunque todos creían conocer el resultado.

Tan sólo mi sonrisa era forzada, mientras me maldecía interiormente por no haber sido yo, Eala, diosa virgen de las letras y el intelecto, quién plantease la solución al problema que nos atormentaba.

Por eso no terminaba de convencerme el plan.

¿Sería posible que los humanos dejaran de regirse por el orgullo, si ni siquiera una diosa como yo era capaz de hacerlo?

2 comentarios:

Maria dijo...

Diosssss estoy super atrasada con tu blog y tus historias mitologicas..pero con un solo pc en casa,y los ultimos examenes finales de la pque,poco puedo conectarme....asi que espero q estes bien,y ya me veras la semana q viene mas a menudito de nuevo por aca.

Un bs y disfruta del fin de semana

Citu dijo...

Genial capi como siempre nena tienes un premio en mi blog

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