IV.Añoranzas y Recuerdos (III)


¿Por qué después de tantos años planeando mi venganza, mis brazos se negaban a bajar el arma? ¿Por qué después de haberme traicionado mi corazón sangraba por su muerte? ¿Por qué sus labios me tentaban más que a Mordha su cuello?


Preguntas sin respuesta… O con una respuesta que me negaba a escuchar.

—Amigo, estamos esperando.

Me volví hacia la voz. Media docena de Perros, con las espadas desenvainadas, esperaban ansiosos ver lo que hacía con la mujer. Imposible averiguar cuál de ellos había hablado. Pero podía suponer perfectamente lo que tramaban sus mentes tortuosas. Se reflejaba en sus rostros sádicos y lujuriosos.

La sacerdotisa había alzado la cabeza y me miraba suplicante. «Si he de morir, que sea por tu espada» me rogaban sus ojos. Llené mi pecho de aire un par de veces, antes de contestar, conteniendo la ira.

—La mujer es mía.

«¿Por qué?» me dije.

Noté cómo Ilya se levantaba y se tapaba con mi cuerpo. Ni siquiera me rozó. Todavía no estaba segura de si lo que quería era matarla o protegerla. Sinceramente, yo tampoco lo sabía.

—Si vas a matarla, podrías dejárnosla antes… No tardaríamos mucho.

La cabeza del hombre rodó colina abajo, rebotando contra las piedras que salpicaban el paisaje. Su cuerpo se desplomó lanzando por el cuello un chorro de sangre, la misma que manchaba mi espada sedienta. La empuñé con las dos manos y la dirigí al cuello del siguiente Perro.

—He dicho que es mía —miré sus ojos negros, vidriosos por el embriagador aroma de la muerte—. ¿Alguna otra objeción?

Lentamente agitaron las espadas. Ellos eran cinco y yo solamente uno. Era de esperar su reacción. Me lancé en su dirección antes de que se prepararan para mi ataque. Uno, por lo menos, no fue lo suficientemente rápido para detenerme. Hundí a Mordha en su pecho y de una patada la liberé. Giré la cabeza apenas para enfocar a Ilya, que parecía no dar crédito a lo que veía.

—¡Corre! —grité antes de decapitar al Perro que corría hacia mí.

Su rostro continuaba en mi mente mientras cortaba gargantas y dejaba miembros esparcidos a mi paso. Los atacantes del poblado, viendo mi traición, subían la colina escarpada para combatirme. Y yo los mataba. Uno a uno sin ver siquiera sus caras. Rezando a los dioses que me habían abandonado que guardaran a la mujer que había dejado en los túmulos.

El filo del acero me rozó en la pierna y me hizo caer. Rodé hasta una piedra que golpeó mi espalda, casi dejándome sin aliento. Uno de los hombres con los que había llegado al poblado se irguió frente a mí, espada en mano, sonriente. La hoja de una daga le atravesó la nuca, saliendo por su garganta. Y al desplomarse pude ver a la persona que me había salvado.

Ilya se agachó junto a mí, que no podía dejar de mirar la sangre que manchaba sus manos y su vestido. Sangre que había derramado para protegerme. Me ayudó a ponerme en pie, mientras empuñaba la espada del Perro caído. Agarré su brazo y la atraje hacia mi cuerpo, interrogándola con los ojos.

—Ya te traicioné una vez —explicó con seriedad, rozándome la mejilla con los dedos suaves—. No pienso volver a hacerlo.

Y se ubicó a mi lado, cubriendo mi flanco débil, empuñando el acero por primera vez en su vida. Dispuesta a cumplir su palabra.

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