Gracias!!

Quiero dar las gracias a todos los que me habéis felicitado por mi cumple. Me ha hecho mucha ilusión poder compartirlo con vosotros. Sin duda ha sido uno de mis mejores cumples.
También quiero dar las gracias por todos los regalos que me han hecho, la gente de mi alrededor, que se han portado genial. Y vosotros.
Citu desde su blog Enamorada de las letras, me dio esta estupenda sorpresa:



Gracias por ser tan buena conmigo. Muchos besotes.

También quiero agradecerle una cosita a mi amiga Lhyn. No sólo es amiga bloggera, messengera, forera y escritora. Es amiga de verdad, aunque esté lejos. Y tuvo el detallazo de pedirle a su amigo Drake, un ilustrador de primera (cuando me haga con su myspace ya lo pondré, si me deja), un dibujo para mí. Ha sido una sorpresa preciosa y quiero mandarles a los dos un montón de besos y abrazos.


Gracias a todos, de verdad, por hacerme pasar un día maravilloso.

Cumpleaños Feeeliiiiizz...


Un año más vieja... y ¿por qué no? también mucho más sabia. Así es como me siento.
Por eso, he decidido que hoy, 28 de Junio de 2010, no voy a celebrar mi 26 cumpleaños que ha empezado maravillosamente con una exhibición de fuegos artificiales. No, porque no sé cómo va ir este año. No sé si va a ir de celebraciones o de malas jugadas. La duda me corroe, pero como soy una año más sabia, la lección sobre la paciencia y la templanza la tengo mejor aprendida.
Por eso es que no celebro el nuevo año. Pero sí quiero celebrar el año que se ha ido. O más bien quiero hacer una gran fiesta porque el maldito ya se ha esfumado.
Ha sido horrible. Creo que de los peores de mi corta vida (que sí, que todavía puedo decir que ha sido corta). Así que por fin quiero dejar atrás todas esas cargas que me han estado pesando a modo de mochila durante demasiado tiempo (sí, señoras/es, cualquier carga involuntaria dura demasiado, aunque solo sea un segundo). Ahí vamos:
- Quiero liberarme de la culpa. Y es la primera porque es la que más pesa. Culpabilidad por todo, absolutamente todo, aunque no tenga yo nada que ver, pero parece que le he cogido el gusto y me voy culpando por cualquier cosa. Querida compañera "la culpa", me despido de ti con un gran beso, y un hasta nunca.
- Quiero liberarme de la impaciencia. La segunda porque también echa el ancla cuando menos me lo espero. Aunque no lo parezca, todo llega. Siempre. Por lo general, tarde, pero llega. Así que, amiga mía, ahí te quedas y no vuelvas.
- Quiero liberarme de la tristeza. Una vez, en las cartas del tarot de Osho, casi al principio de este último año que se aleja, me salió la carta de la Pena. En ella decía más o menos, que el dolor no es para hacernos sufrir, sino para hacernos conscientes, para mantenernos alerta; y que cuando somos conscientes, la desdicha desaparece. Tristeza, tú que pareces acompañarme como la garrapata al perro, deja que te diga que me he puesto un collar antiparásitos y no quiero volver a saber de ti... al menos inconscientemente.
Y se me ocurren más cosas de las que deshacerme, pero como sólo soy un año más sabia (que tampoco es tanto XDD), no sé cómo despedirme de ellas. Supongo que las dejaré para el cumple del año que viene.
Lo que sí quiero hacer es dar un gran beso y abrazo a todas las personas que me han ayudado y acompañado durante estos 12 meses espantosos. No sé cómo han podido quedarse a mi lado con lo insoportable que he estado. Con eso es con lo único que quiero quedarme.
Por lo demás.... espero pasar un FELIZ CUMPLEAÑOS!!!

Cuando...


"Cuando un número importante de personas cambia su modo de pensar y de comportarse,
la cultura lo hace también, y una nueva era comienza"

Jean Shinoda Bolen

V. El Horizonte (III)


Aquella noche, el pudor hizo que todos los dioses apartásemos la mirada. Pero nuestros rostros brillaban de alegría y las sonrisas asomaban a nuestros labios. El Cielo y la Tierra al fin se habían unido en nuestros protegidos humanos. Por fin el equilibrio volvería a reinar en nuestros mundos. Llevaría su tiempo. No sería cuestión de décadas, ni de siglos. Tal vez de eones.


Las deidades se retiraban a descansar, en sus templos. Yo me quedé sentada en el lado oculto de la picuda luna creciente, deleitándome con la tibia noche, jugando con el manto de estrellas luminosas. Siempre mirando hacia arriba, nunca hacia los dominios que no eran míos.

Pero unos pasos en la tierra me hicieron volverme. Daron, el del puño de acero, aquel al que me enfrentaban años de lucha silenciosa, caminaba por los túmulos observando que su reino descansara en paz. Era una imagen inquietante, la de un guerrero contento por la paz, velando por el sueño de sus protegidos como un padre que cuida de sus hijos.

Me asomé aún más, sorprendida por verle al fin sin armadura, con el cuerpo de un guerrero, intimidante y a la vez… Se detuvo un instante y alzó la vista hacia la luna, hacia mí, con una sonrisa perversa y arrebatadora. Yo no había hecho ningún ruido, ¿qué me había delatado? Quizá el brillo cegador de la luna, a la que mis sentimientos habían dotado de un halo sobrenatural.

—No me espíes, Eala, y da la cara —su voz dura resonó en mi cabeza—. Sé que estás ahí.

Me levanté, todavía en la parte oculta del astro, pero visible para los ojos de un dios.

—¿No bajarás a agradecerme que haya salvado a tu sierva? —preguntó burlón

—No pondría un pie voluntariamente en tu Tierra, Daron —respondí directamente en su mente.

El se rió, con carcajadas silenciosas para no perturbar los sueños de su gente. Pero yo pude ver cómo su amplio pecho saltaba por el esfuerzo. Se encogió de hombros y sacudió la cabeza en mi dirección.

—Las castas han terminado su guerra —empezó con una suavidad impropia de él—. Los humanos han utilizado el don del Cielo para razonar y perdonar antiguas rencillas. Y sin embargo una diosa de la sabiduría es incapaz de dejar a un lado su arrogancia, a pesar de que un dios de la Tierra está dispuesto a hacer caso omiso del pasado. ¿En qué lugar te deja eso? —preguntó con dureza.

Lo peor de todo era que tenía razón. Agaché la cabeza al fin, dándome por vencida, sabiendo que cualquier enfrentamiento entre ambos perjudicaría al mundo entero.

—Está bien —me rendí—. Tú ganas. Me reuniré contigo. Sólo dime dónde.

Oí su mente enfrentada por la necesidad de la humillación al vencido. Podría hacerme bajar a ese mismo lugar donde él estaba de pie, sabiendo que tendría que obedecerle y que nada me dolería más. Pero triunfó el silencio y la calma, y volvió a alzar los ojos hacia mí, con un brillo de ternura que yo nunca había visto en ellos.

—Hay un sitio, lejos de aquí, dónde la Tierra y el Cielo se unen, pero no hay Tierra ni hay Cielo.

¿Sería cierto? ¿Existiría ese lugar donde uno no ostentara mayor poder que el otro, sino que pudiéramos tratarnos por fin como iguales?

—¿Y qué sitio es ese? —pregunté con curiosidad.

—El Horizonte, Eala. Los humanos llaman a ese lugar el Horizonte.

Hacia allí dirigimos nuestros pasos. Era el momento de enmendar los errores del pasado. Y poder así construir un futuro mejor.


— FIN —

V. El Horizonte (II)


La choza estaba apartada del poblado, junto al lecho de un arroyuelo tempestuoso que se embravecía aún más al pasar sobre las piedras de las orillas. Servía para darle un toque bucólico al paisaje que se observaba desde la ventana, pero también para recordarme a la sacerdotisa de carácter indomable que viviría conmigo a partir de ese día como una esclava.


Era consciente de la furia de Ilya. ¿Justificada o no? Cuestión de opiniones. Se mostraba dócil, sentada en el banco de madera, observando las llamas que bailaban en el hogar. Pero yo no me dejaba engañar. La conocía demasiado bien y había podido ver la mirada de odio en su hermoso rostro. Me habría gustado provocarla para que liberase su ira. Sin embargo, callé. Seis años de silencio pesaban en nuestro ánimo. Y no encontraba forma de romperlo.

Tomé un leño de encina y lo arrojé al hogar con descuido. Las llamas chisporrotearon y la mujer se asustó al salir de su ensimismamiento. Mis ojos se fijaron en su mano, apoyada su pecho como intentando calmar el frenético latido de su corazón.

—Lo siento —me disculpé torpemente.

—Seguro que sí —susurró ella sarcástica.

Fruncí el ceño y apreté los dientes con fuerza. ¿Sería posible que no hubiese cambiado absolutamente nada? Ni siquiera a ella la creía capaz de tanto. Mi temperamento se inflamó y quise vengarme de ella como no había sido capaz de hacerlo en los túmulos.

—Por cierto, no hace falta que me des las gracias por salvarte la vida – expuse con acritud.

Ella se volvió hacia mí con la respiración agitada.

—Creo que recordar que eso fue después de que yo salvara la tuya —replicó Ilya conteniendo su ira—. Y viniste a mí para matarme, en primer lugar. ¡No te debo nada!

Arrojé con fuerza la camisa que acababa de quitarme y no pude contenerme más tiempo. La agarré para levantarla con rudeza, sacudiéndola a placer, enviando mechones rojizos a su rostro congestionado.

—¿Nada? ¿No me debes nada? ¿Seis años de exilio te parecen poco?

Probablemente dejaría marcas en su blanca piel de tan fuerte la apretaba, pero no me importaba. Quería hacerle daño. Que sufriera lo que yo había sufrido cada vez que pensaba en ella y en Krymaria todos los años que pasé alejado de ambas.

—Tu mentira me condenó a la peor de las deshonras —la sacudí por última vez y la empujé hacia la pared de madera sin importarme que se golpeara—. Créeme, no hay castigo que pueda saciar mi sed de venganza.

No pensé que ella llegara a amilanarse ante mi estallido.

—Así que extrañabas tu hogar, ¿eh? —se burló—. Oí a la mujer aquella noche, Darien. Pensabas traicionarnos.

—Oíste las esperanzas de una prostituta, nunca una promesa de mi boca.

—¡Oh, desde luego! Bien ocupada la tenías.

Ella misma se dio cuenta de su error nada mas pronunciar las palabras. Cerró los labios con fuerza, hasta convertirlos en una delgada línea. Pero sus ojos seguían condenándome. Nos miramos hasta que el silencio empezó a hacerse insoportable.

—No podía apartarte de mi mente, Ilya —reconocí al fin con un susurro, sintiéndome como un idiota mientras abría mi corazón a la mujer que me había traicionado—. Ni siquiera cuando la tenía entre mis brazos.

Un sollozo se escapó de sus labios y tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no correr a abrazarla.

—¿Y por qué no viniste a mí aquella noche?

Una lágrima se deslizó silenciosa por su mejilla. Alcé una mano para secarla, pero pronto empezaron a caer más.

—¿A un día de tu consagración a la diosa? —resoplé sin ira—. ¿Después que me dijiste que otros te habían besado mejor?

—Sólo había probado tus labios.

—¿Y por qué me mentiste?

Se volvió con un gemido, escondiendo el rostro empapado entre sus manos. Su voz se escapó ahogada.

—¿A un día de mi consagración, cómo decirte que te amaba?

La confesión me golpeó con fuerza en el pecho, anudando mi corazón con sus palabras, deseando no creer, pero creyendo.

Seis años…

Tanto tiempo perdido por miedo y orgullo. Dos almas rotas por testarudez y una guerra que no nos concernía. Guerreros y Sacerdotisas. Sacerdotisas y Guerreros. Castas enfrentadas. ¿A cuántos más les había ocurrido lo mismo?

Sus hombros se sacudían por la fuerza de los sollozos y esta vez sí me acerqué. La rodeé con mis brazos con ternura, como tantas veces había deseado hacer. Como tantas veces ella quiso que lo hiciera. Apoyé la mejilla en su pelo rojo, cerrando los ojos, abrazándola con fuerza. Envolviéndola con mi cuerpo, jurando amarla y protegerla con mi piel. Jurando en mi cabeza, todo lo que aún no me atrevía a pronunciar en voz alta.

Ilya se volvió para apretarse contra mí. Alzó sus labios hacia los míos. Y nuestras mudas promesas se sellaron con un beso.

V. El Horizonte (I)


La batalla por fin había terminado. La vida de Darien estaba a salvo y, sorprendentemente, la mía también. Los Perros habían sido eliminados o bien los habían obligado a huir. Por un momento pensé que Darien haría lo mismo, pero se limitó a cogerme suavemente de la mano y esperar su destino.


El rey no tardó en aparecer, vestido con su armadura completa y un yelmo capaz de aterrorizar a los salvajes más desalmados. Se dirigía a mi guardián con pasos largos y yo no sabía qué expresión mostraba su rostro oculto. Rogaba al cielo que se sintiera compasivo después de la victoria. Darien debía morir por haber vuelto al poblado; así lo habían decretado las leyes sacerdotales que lo habían expulsado. Ahora, un guerrero gobernaba en Krymaria, y yo esperaba que fuera misericordioso con un hermano de su casta. Con un amigo.

—¿Dónde está?

Su pregunta fue un rugido y no pude evitar encogerme de miedo. Los rasgos de mi guerrero apenas se alteraron. Esta vez no le dejaría solo, ni volvería a traicionarle. Di un paso al frente, intentando protegerle con mi cuerpo menudo. Pero él no me permitió ese gesto, y suavemente, me obligó a colocarme junto a él, quizá un paso más atrás.

—Maldito lobo sarnoso —gruñó el rey a tan solo unos pasos—. ¿Cómo se te ocurrió venir con esa horda de Perros?

Mis entrañas se retorcieron ante ese tono iracundo. Volví a dar un paso al frente, pero Darien frenó mi avance con un brazo y contestó sin amilanarse:

—Ellos abrieron las puertas y no pude evitar entrar, señor —una sonrisa bailó en las comisuras de sus labios—. Después de todo, hubo un tiempo en que este fue mi hogar.

Multitud de guerreros nos rodeaban a esas alturas; algunos asombrados, otros con la típica expresión del combatiente, dura y amenazadora, que no ayudaba a mitigar mi temor.

El rey se quitó el yelmo infernal con rudeza, sorprendiendo a todos con una sonrisa de júbilo. Sobre todo al exiliado, que no se esperaba esa sorpresa.

—Bienvenido a casa, Darien.

Y le envolvió en un abrazo de oso que fue coreado por todos los presentes. Malakai Calpin, el mejor amigo de Darien, nuevo rey de Krymaria. Mi antiguo Tabarie no había esperado un recibimiento como aquel.

Lágrimas de alivio inundaron mis ojos, pero no las liberé. No lo haría mientras todas las miradas convergieran en nosotros. Pero sí sonreí y me volví para alejarme a la seguridad de mi habitación, dónde podría rendirme a la fuerza de mis emociones.

—Un momento, jovencita.

Una ruda mano en mi hombro me obligó a volverme. Era Malakai, que no ocultaba su reprobación hacia mi persona. Nunca había conseguido liberarse de su odio hacia las sacerdotisas. Y la poca simpatía que me tenía había desaparecido del todo al ver a su amigo alejarse de Krymaria tanto tiempo atrás.

—Sé que Darien es inocente de la traición de la que le acusaron hace seis años —sus ojos me atravesaron más profundo que si me hubiera clavado una espada—. También sé que fuiste tú quién le acusó.

Gritos de furia inundaron el claro, y algunos insultos dirigidos a mi persona se elevaron altos, hacia el cielo. Yo me estremecí cuando unas manos fuertes como el acero apresaron mis brazos obligándome a arrodillarme frente al rey. No pude ni siquiera levantar la mirada hacia mi antiguo guardián, mucho menos enfrentar la ira de los demás guerreros.

—Debería expulsarte de Krymaria como hicieron con Darien mis predecesores —continuó Malakai—, pero me resulta un castigo demasiado blando para una perra mentirosa como tú. No mereces seguir con vida.

Oí cómo desenvainaba a Roona, la Espada de Sangre, el arma más letal que un rey jamás hubiera portado. Por segunda vez ese día, el filo del acero acarició la piel de mi garganta, sólo que esta vez se clavó con más fuerza y sentí resbalar la sangre entre mis pechos. Alcé la mirada para clavar mis pupilas en el rostro de Darien. Él sujetaba con fuerza el brazo del rey.

—No, mi señor. Ese sigue siendo un final piadoso.

«No más del que pensabas darme tú» pensé con ira. ¿Para esto me había salvado de los Perros? ¿Para insultarme frente a toda su gente?

Me miró, con esos ojos que siempre me habían hecho arder, sólo que esta vez, el fuego que recorría mis venas, era avivado por la furia.

—Dejádmela a mí —su sonrisa se hizo cruel. Apenas presté atención a que la crueldad no era lo que iluminaba sus pupilas cuando continuó—: Permitidme que yo mismo la haga pagar su traición.

Las carcajadas del rey ensordecieron mis oídos, de la misma forma que la ira.

—Así sea, Darien. ¿Quién mejor que tú para castigarla? —volvió a reír—. Su habitación en la fortaleza ahora es tuya.

—Preferiría una cabaña apartada, dónde las sacerdotisas no puedan oír sus gritos.

Nuevas risas brotaron de los pechos de los presentes, menos de las aludidas, que miraban al rey con odio.

—La que tú desees. Y no temas, nadie de su casta sentirá deseos de ayudarla a partir de hoy.

De esa forma, se selló mi destino.

IV.Añoranzas y Recuerdos (III)


¿Por qué después de tantos años planeando mi venganza, mis brazos se negaban a bajar el arma? ¿Por qué después de haberme traicionado mi corazón sangraba por su muerte? ¿Por qué sus labios me tentaban más que a Mordha su cuello?


Preguntas sin respuesta… O con una respuesta que me negaba a escuchar.

—Amigo, estamos esperando.

Me volví hacia la voz. Media docena de Perros, con las espadas desenvainadas, esperaban ansiosos ver lo que hacía con la mujer. Imposible averiguar cuál de ellos había hablado. Pero podía suponer perfectamente lo que tramaban sus mentes tortuosas. Se reflejaba en sus rostros sádicos y lujuriosos.

La sacerdotisa había alzado la cabeza y me miraba suplicante. «Si he de morir, que sea por tu espada» me rogaban sus ojos. Llené mi pecho de aire un par de veces, antes de contestar, conteniendo la ira.

—La mujer es mía.

«¿Por qué?» me dije.

Noté cómo Ilya se levantaba y se tapaba con mi cuerpo. Ni siquiera me rozó. Todavía no estaba segura de si lo que quería era matarla o protegerla. Sinceramente, yo tampoco lo sabía.

—Si vas a matarla, podrías dejárnosla antes… No tardaríamos mucho.

La cabeza del hombre rodó colina abajo, rebotando contra las piedras que salpicaban el paisaje. Su cuerpo se desplomó lanzando por el cuello un chorro de sangre, la misma que manchaba mi espada sedienta. La empuñé con las dos manos y la dirigí al cuello del siguiente Perro.

—He dicho que es mía —miré sus ojos negros, vidriosos por el embriagador aroma de la muerte—. ¿Alguna otra objeción?

Lentamente agitaron las espadas. Ellos eran cinco y yo solamente uno. Era de esperar su reacción. Me lancé en su dirección antes de que se prepararan para mi ataque. Uno, por lo menos, no fue lo suficientemente rápido para detenerme. Hundí a Mordha en su pecho y de una patada la liberé. Giré la cabeza apenas para enfocar a Ilya, que parecía no dar crédito a lo que veía.

—¡Corre! —grité antes de decapitar al Perro que corría hacia mí.

Su rostro continuaba en mi mente mientras cortaba gargantas y dejaba miembros esparcidos a mi paso. Los atacantes del poblado, viendo mi traición, subían la colina escarpada para combatirme. Y yo los mataba. Uno a uno sin ver siquiera sus caras. Rezando a los dioses que me habían abandonado que guardaran a la mujer que había dejado en los túmulos.

El filo del acero me rozó en la pierna y me hizo caer. Rodé hasta una piedra que golpeó mi espalda, casi dejándome sin aliento. Uno de los hombres con los que había llegado al poblado se irguió frente a mí, espada en mano, sonriente. La hoja de una daga le atravesó la nuca, saliendo por su garganta. Y al desplomarse pude ver a la persona que me había salvado.

Ilya se agachó junto a mí, que no podía dejar de mirar la sangre que manchaba sus manos y su vestido. Sangre que había derramado para protegerme. Me ayudó a ponerme en pie, mientras empuñaba la espada del Perro caído. Agarré su brazo y la atraje hacia mi cuerpo, interrogándola con los ojos.

—Ya te traicioné una vez —explicó con seriedad, rozándome la mejilla con los dedos suaves—. No pienso volver a hacerlo.

Y se ubicó a mi lado, cubriendo mi flanco débil, empuñando el acero por primera vez en su vida. Dispuesta a cumplir su palabra.

IV. Añoranzas y Recuerdos (II)


El cuarto año como renegado no me fue mucho mejor que los anteriores. Me encontraba en un estado de ansiedad continua que no me dejaba ni comer ni dormir. No sólo había perdido peso, sino también fuerza y entendimiento. Las voces de los Perros a mi alrededor se volvían vagas y remotas; tampoco es que tuviera la mayor importancia. No había llegado a aprender su significado, nadie se había molestado en enseñármelo. Por suerte, el lenguaje de la espada era universal y yo era diestro haciendo correr la sangre.


En mi primer enfrentamiento, quizá diez segundos después de llegar al campamento de renegados, había establecido la pauta que gobernaría mis días a partir de aquel momento. No buscaba amigos. No quería ayuda. Tan sólo un lugar en el que refugiarme en caso de batalla. Yo correspondería a esta especie de hospitalidad luchando junto a los demás hombres si llegaba una partida contra el campamento. Pero hasta que ese momento llegara, nadie se acercaría a mí bajo ningún concepto, de esa forma no habría una muerte más ligada a mi persona. Dos ya me pesaban en la conciencia y eso que todavía mi espada no se había manchado con la sangre de la segunda.

Los días se sucedían con monótona similitud. Sobrevivir. Esa era la única obligación a la que estaba atado. Pero la supervivencia en un mundo tan hostil era difícil para alguien no acostumbrado a ella. Dormir en el suelo sobre una pila de harapos mal dispuestos era incómodo, pero no imposible de superar. Salir de caza a diario para poder llevarme algo a la boca llegó a resultarme una distracción interesante. Incluso acostumbrarme a estar siempre alerta, aprendiendo a hacer caso a mi instinto oxidado de presa-depredador, fue algo soportable.

El miedo era horrible. Aunque no fuera el mío.

Hacía muchos siglos que nadie había sido exiliado de la fortaleza, pero su recuerdo todavía perduraba en la memoria de la gente que sin embargo no guardaba tradiciones ni leyes. Darme cuenta de que esas personas me temían, gente acostumbrada a los pillajes, los saqueos y las violaciones, acostumbrada a matar por un pedazo de pan, por una simple mirada que no había sido de su agrado, me resultó de lo más perturbador. La cautela en sus movimientos, el pánico en sus ojos, me hacían sentir el ser más depravado sobre la faz de la Tierra.

Y no era lo peor.

Los recuerdos de Ilya me acosaban a cada momento y el odio que se clavaba en mis entrañas como una daga al rojo no era lo suficientemente fuerte. Debería detestarla. Quería aborrecerla. Pero en mi interior siempre comparaba a las pocas mujeres que se atrevían a exponerse a mi mirada con la zorra de ojos verdes que había arruinado mi vida. Sus cabellos siempre eran más rojos, su piel más suave y su voz más clara. Aunque bellezas conquistadas de los rincones más remotos de la Tierra consintieran en yacer junto a mí, era el nombre de mi Tabaria el que me golpeaba en el pecho con cada jadeo de vacua satisfacción. ¿Por qué, por todos los diablos, seguía pensando en ella como mi Tabaria y no como mi peor enemiga?

Y según pasaban los años era peor. Su rostro empezaba a perderse en la niebla de un recuerdo borroso. Al igual que mi sed de venganza. No soportaba la idea de cerrar los ojos para despertar al mundo sin un objetivo claro. Mi única meta era cerrar el ciclo de penurias, acabando con la persona que me había desterrado al infierno. Eso era lo que me mantenía vivo. Eso era lo que me hacía sobrevivir. ¿Qué sucedería si la meta por la que respiraba cada día perdía fuerza? ¿Me dejaría llevar por el tedio y la violencia, y moriría rodeado de enemigos que ni siquiera se molestarían en luchar por mis escasos bienes? No sin ver su rostro una vez más. Una única vez…

Muchos ciclos después, demasiados, mis plegarias obtuvieron respuesta. El campamento se levantaba para marchar a la batalla y Krymaria volvía a ser el objetivo. Tenía una caminata de trece días para regocijarme por adelantado con los hechos que dentro de poco enderezarían mi vida. Volvía a casa, a Ilya. Ella me estaría esperando. Curiosamente, intuir el miedo en sus ojos fue aún más horrible que verlo a diario en el campamento. Así que decidí concentrarme en imaginar su vida escurriéndose, goteando por el acero de mi espada.