M.E. 3: Al Ritmo de las Mareas IV

Triunfo de Neptuno y Anfítrite, Anónimo

Lo encuentran en una playa apartada de la isla de Eubea. Anfítrite detiene su avance, pero no se dejará ver hasta asegurarse de que el explosivo temperamento de su señor se ha templado con las frías aguas del océano. Delfín emerge a su lado y ella espera su gesto de ánimo para centrar la vista en la playa y buscar al dios por el que su cuerpo palpita.
Lo encuentra en la estrecha orilla, con el cuerpo vuelto al cielo, su verga erecta casi retando a su hermano el rayo. La ninfa rememora el tacto cálido y fugaz de esa piel y lame la sal de sus labios como si fuera la del cuerpo de su amante. La abruma su poderío de músculos definidos, de bíceps gruesos y marcados por el peso del tridente y de sus muslos largos y prietos de vencer la resistencia de las aguas. El mar en ese momento los oculta para enseguida descubrirlos en su lenta y perezosa retirada. Y mientras éste se retira, Anfítrite avanza, hipnotizada por su carne.
Por su miembro, grueso y altivo, que con la respiración baja y sube de su vientre duro y plano. Por ese miembro que le ve rodear con una mano y apretar hasta enseñar los dientes. Los restos de agua y sudor, reflejan el sol de media tarde y rodean el broncíneo cuerpo de un halo dorado. La sal de la piel de Anfítrite genera destellos plateados que llaman la atención del monarca. Este acelera el vaivén de su mano y clava los ojos en ella como si fuera solo el espejismo de un deseo. Es su tacto de seda en los muslos el que le convence de la realidad de su figura, el toque tímido de su pequeño dedo recogiendo el semen que escapa de su corona el que paraliza sus movimientos. Y la visión de su rosada lengua lamiendo su semilla la que envara aún más su encendida erección.
Un ronco gruñido escapa de su pecho y deja caer la cabeza sobre la arena, mientras los jadeos desgarran la quietud del lugar. Anfítrite se siente atrevida. Por descubrir los placeres que le prometió Delfín, pero sobre todo por la vibración que su tacto y sus quejidos están provocando en su centro. Se arrodilla sobre el hombre que está destinado a ser su amante y prueba el licor directamente desde su fuente, degustándolo de forma superficial con la lengua y extrayéndolo mediante fuertes succiones.
Posidón teme entonces asustarla con una precoz descarga en su inexperta boca y la obliga a soltarle con un tirón de pelo. Gruñe por la necesidad de un deseo insatisfecho, pero le fascina su rostro extasiado. Los ojos de la doncella están vidriosos y entrecerrados, su boca roja y húmeda, hinchada por la presión sobre su sexo. Se pregunta si su centro estará igual de húmedo y oscuro, si sus pliegues también se habrán inflamado por el necesitado deseo.
La atrae hacia arriba sin soltar el agarre de sus empapadas guedejas y ella gatea sobre su cuerpo arrastrando los pezones por su vientre y pecho; al alcance de su boca donde los ordeña como ella ha hecho con su miembro. La hace seguir subiendo agarrándola por las caderas hasta que las rodillas se hunden en la arena a cada lado de su cabeza. Entonces, sin un solo vistazo, sin un pequeño comedimiento por su inexperiencia, abre la boca y cubre su sexo. Lo arrasa con su hambre y lame con su lengua. La avasalla con un beso íntimo preñado de pasión. La enrojece con las caricias de su barba. Y enjuga su orgasmo con los labios duros y ansiosos, mientras el aire se lleva sus gritos de virgen deseosa de convertirse en cortesana.
Anfítrite se restriega contra su rey y su cuerpo explota en una descarga de sensaciones. El se retira mientras sus caderas continúan moviéndose al ritmo del deseo y se coloca frente a ella, todavía arrodillada. Un sollozo se le escapa al sentir el hambre voraz de tenerle dentro. Su interior se contrae en busca de de una presión fantasma que su cuerpo sabe, tendría que estar ahí. Pero no sabe cómo y lo único que puede hacer es apoyarse hacia atrás en sus manos y dejar que el aire enfríe su cuerpo.
Pero el dios tiene otros planes y mantiene el calor en auge mientras se encaja bajo ella, envolviéndole las suaves caderas con las manos, llevándolas hacia atrás a sus insinuantes nalgas. La nereida encuentra sus muslos para refregarse y esparce su humedad sobre ellos en frenéticos movimientos. Trepa sobre él, acercándose a sus tensos testículos, a su enhiesta erección. Posidón la frena con la fuerza de sus manos.
—Quieta —susurra en su oído—, no quiero hacerte daño.
Y ella le obedece porque es su rey, su soberano y porque sus dedos empiezan a hacerle algo maravilloso entre las piernas. Se agarra a sus brazos al sentirse abierta y expuesta y los aprieta cuando una presencia aún más dura y más caliente empieza a abrirse paso hacia su interior, allí donde lo quiere. Baja la mirada y con un jadeo observa su erección hundirse en su centro, penetrarla y salir, para volver a repetir cada vez más adentro. Cada vez más profundo.
Y así empieza a fraguarse el destino de las criaturas del mar. En la unión de dos cuerpos, de dos almas, de dos seres divinos acoplándose hasta crear la base de todo un reino imperecedero. En el amor carnal y pasional que es más que un simple manifiesto de las emociones de los corazones.
Y es en aquella danza, tan antigua como el mismo mundo, en la que se esconde la razón de la supervivencia. A veces dulce y amorosa, otras salvaje y violenta. Eterna. 
Como el Ritmo de las Mareas.


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