M.E. 1: La Lluvia Dorada V

— Anterior: Parte 4 —

Dánae, Artemisia Gentileschi


Lenta, muy lentamente, una carne enardecida se colaba en su propio cuerpo enardecido. Parecía tan natural, después de las sensaciones que había despertado en ella que no se molestó en sentir vergüenza ni aprensión. Simplemente, curiosidad por saber qué nuevas chispas encendería en su cuerpo.
Lenta, muy lentamente, se deslizaba en ese lugar que jamás se había humedecido tanto, y sonrió con deleite al caer en la cuenta que era esa humedad la que le permitía resbalar, internándose en las profundidades de su ser.
Lenta, esa carne que palpitaba al ritmo de su corazón traspasó la barrera que la marcaba como doncella, tan lentamente que apenas sintió un pellizco de dolor antes de que sus músculos se expandieran para acogerle completamente. Suspiró de dicha al sentirse colmada. Y cuando quiso suspirar de nuevo su aliento quedó preso en la lengua que terminaba de llenarla, al igual que su cuerpo se rindió al peso que la apretaba contra el colchón y empujaba para abrir aún más sus piernas.
Dobló las rodillas en un acto instintivo, alzando las caderas al encuentro de la fuerza invisible que había llegado a ella en forma de lluvia dorada. Ese gesto le hundió aún más en ella, provocando un rayo de placer que la obligó a arquearse a su paso. Volvió a tocar un cuerpo firme, duro y tenso sobre ella y dejó que sus manos vagaran, recorriendo aquello que sentía como real, casi más que ella misma, y sin embargo debía ser mágico para que sus ojos no pudieran encontrarlo.
Apretó con fuerza el miembro invasor, chupando con la misma ansia como lo había hecho con su boca, buscando ese algo desconocido que prometía tan sólo con estar dentro. Sacudió las caderas, intentando obligarle a que la hiciera llegar a ese lugar que ya conocía, pero que aparentaba ser aún más auténtico, más veraz. Gruñó cuando se dio cuenta de que el cuerpo no hacía absolutamente nada, tan sólo respirar sobre ella, acariciarle los labios con la aspereza de su lengua y apretarse sin moverse en su interior. Ronroneó cuando se dio cuenta de que por más que se movía bajo él, no había nada que pudiera hacer ella sola para alcanzar la cima de sensaciones que anhelaba. Y sollozó al fin con una súplica, mordiéndole la boca, al sentir su vientre tenso, listo y preparado para explotar en una marea de dicha.
Fue entonces, cuando lenta, muy lentamente, la dulce y ansiada fricción la convirtió en una mujer ansiosa de sus caricias y su cuerpo.

Tuvo que detenerse, había tenido que hacerlo por miedo a derramarse en esa cálida estrechez desde la primera penetración. Sentirla aferrándose a su sexo como si chupara de él, casi le había llevado a la liberación más temprana. Cuando supo que podría moverse sin morir de dicha entre sus brazos fue cuando se retiró para volver a empujar en ella con la contención desatada.
Estaba tan mojada… tan preparada para lo que su cuerpo quería ofrecerle. Tan abierta y ansiosa porque invadiera su espacio más terreno y a la vez más divino. Entrar en ella era como hacerlo en un bizcocho esponjoso y caliente, bañado de licor de néctar, dulce y embriagador a partes iguales. La sentía extenderse a su alrededor, como la corola de una flor buscando el rocío de la mañana en primavera, para después atraparle entre la aterciopelada firmeza de sus pétalos rosados. Los tallos tiernos de sus piernas se enroscaban entorno a sus caderas como hiedra verde, las livianas hojas de sus pies acariciando el interior de sus muslos. Y él era el pájaro que la germinaba, su pico dorado penetrando en la dulzura de su cáliz, buscando el polen sagrado que da la vida.
Se hundía más y más en ella, notando la forma en que sus músculos separaban la piel de su miembro, empapando la carne que la llenaba con su flujo virginal. La gruesa cabeza tropezaba en su huida misteriosa con un saliente que parecía querer acoplarlo en su interior para siempre, pero que al chocar los hacía gemir a ambos, haciendo aún más grande su necesidad.
Bailaban juntos al son que imponía la naturaleza y sus propios cuerpos, sudorosos y jadeantes, ansiosos y trémulos. Cada lugar en el que se rozaban era tan sólo un punto más en el que el placer convergía para luego estirarse en una ola infinita.
Dánae hacía ya tiempo que había abandonado su pudor y se dejaba llevar por las acometidas gritando enloquecida, negando con la cabeza por ese placer mágico y doloroso a un tiempo, sacudiendo las caderas a un ritmo frenético que no aguantaría por más tiempo.
Y sucedió. Frunció el ceño con fuerza y abrió los labios en un grito silencioso que él tragó en su boca. Se estrechó aún más entorno a carne, oprimiéndole, como si la liberación empezara en él y sólo él pudiera traspasársela. Fue un ruego eficaz. Sintió cómo se le tensaban los riñones y dejaban escapar una corriente de dicha que atravesó su miembro y penetró en el cuerpo de la joven, que se dejó arrastrar en la marea de sensaciones.
Explotaron juntos, unidos por sus bocas y sus sexos, dejando que el placer fluyera entre ambos, en oleadas que empezaban en uno y terminaban en el otro. Salían al encuentro de cada golpe de dicha con una urgencia que rayaba con la locura, contorsionándose en una danza que parecía no tener fin.

Cuando Dánae despertó, ya era de día y el sol bañaba su cuerpo blanco cubierto por la lluvia dorada. Continuaba como él la había dejado, de espaldas, con los miembros laxos y las piernas abiertas, sus rizos todavía húmedos por el placer compartido.
Sonrió al recordar cada una de las maravillas que ese cuerpo invisible le había enseñado y se acarició el vientre, el lugar donde más sensaciones habían pulsado. Una voz grave y profunda daba órdenes en su oído, mientras ella pasaba las manos una y otra vez por debajo del ombligo.
«Destructor —susurraba una y otra vez—. Destructor.»
Nueve meses más tarde, su hijo se llamó Perseo, el nombre que su padre le había dado.

5 comentarios:

Maria dijo...

Sabia que Perseo era hijo de Zeus(no vayas a pensar q lo sabia de antes,fue por la pelicula Furia de Titanes)sin embargo tu imaginacion le dio una sexualidad desbordante a la concepcion de dixo niño.....

Fantastico,fantastico el ultimo cap.!!!!

Un bs

Ade dijo...

Me dejas sin palabras, Kyra, no como tú, que sabes hacer (como ya te dije anteriormente), un uso fantástico de ellas.

Una primera vez divina, así tenía que ser la de todas, pero sin la consecuencia del embarazo.

Besos y no lo dejes, que el mundo del olimpo es muy grande.
Aquí estaré leyéndote.

Iris dijo...

Apoteosico final. Ya tengo ganas de leer la noche de taman, que me gusto mucho el primer capítulo. Tengo una duda, eso de destructor, destructor, no lo entendí, en fin ya me dirás, es que a Zeus le llamaban así, o era a
Perseo.

BESOS

Kyra Dark dijo...

Gracias guapetonas!!!!
"Destructor" es lo que significa el nombre de Perseo. No lo dejé muy claro, pero es que no sabía cómo ponerlo :S.
Dánae, por su parte, significa "lluvia dorada".
De todas formas, aquí no se acaba la serie de Mitología erótica!!! Todavía me quedan unos cuantos dioses! Ahora la duda que tengo es si continuar la serie con Hades o con Neptuno. Pero esto sigue!!

Perséfoneluz dijo...

No sé con cual continuarás, lo que si sé es que acá voy a estar para seguir leyendo. Me fascina como escribis.

Publicar un comentario en la entrada

Todo lo que quieras comentar, estaré encantada de leerlo y publicarlo. De hecho, quedaré más que agradecida.