La Ciencia

Después de un montón de tiempo sin escribir una jodía letra que no sea para mi nuevo blog o para desvariar como una cosaca, aquí llega este pequeño relato. Lo he escrito para el grupo de Adictos, en concreto para el ejercicio periódico de Consigna. Este ejercicio consiste en escribir un relato en el que aparezca la palabra propuesta, este mes la palabra ha sido Fotografía. Es un poco Halloweenero, pero no es el que estoy preparando para el proyecto de Halloween, sino que me ha salido así.
Por supuesto, lleva la banda sonora correspondiente.
Sin más, aquí va. A ver si os gusta!


LA CIENCIA

Niklos Steinberg nunca había sido supersticioso. Jamás tuvo miedo de las sombras. Y ni siquiera de niño creyó en las absurdas historias de las viejas comadres que se paseaban por la aldea con aires de misticismo y sabiduría ancestral. Su padre le había mandado a estudiar a la ciudad. Era un hombre culto e instruido, educado en los principios de la ciencia y la filosofía empírica. Sólo daba crédito a aquello que podía percibir con los sentidos, y únicamente si era comprobable dos veces. Expulsado de la iglesia católica cuatro años atrás, se consideraba incapaz de creer en ningún Dios y, por lo tanto, escéptico ante cualquier historia de demonios y demás criaturas malévolas.

Hasta aquella noche de Octubre de 1897… Demasiado tarde.

Armado con su cámara Kodak de película transparente, desarrollada apenas unos años atrás, paseaba lentamente entre las tumbas del cementerio. El oro y púrpura de los reyes coloreaba el cielo, dando paso al azul descolorido en todos sus matices. Sacó unas veinte fotografías del carrete de cien y luego otras siete más. La inmortalización de ese despliegue de belleza natural bien valía los veinticinco dólares que costaba la cámara cargada con un carrete nuevo.

El treinta quedaba atrás al mismo ritmo que el sol se ponía en el horizonte, y el treinta y uno empezaba al finalizar la duodécima campanada. El eco se perdía entre la niebla que rodeaba las lápidas, pero Niklos no omitió ninguna. Sólo sintió lástima por no poder hacer perdurar el sonido con su cámara. El suelo del camposanto vibraba con cada golpe del bronce y acompasaba el bajo sonido con los latidos de su corazón. No era creyente, pero la paz que rodeaba a los muertos bajo sus losas de mármol era un solaz que no rechazaría ni en su momento más racional. Si había algo que había probado una y otra vez con el paso de los años, era que nadie se acercaba a terreno sagrado en las horas más oscuras de la noche. Una nueva razón para despreciar la hipocresía católica. Él jamás enterraría a sus seres queridos en un lugar dónde él no se atreviera a pernoctar.

Perdido en sus pensamientos y sin darse cuenta, llegó a la parte más antigua del cementerio. La niebla cayó de pronto, escurriéndose entre las malas hierbas como dedos esqueléticos. Niklos respiró profundamente, llenándose los pulmones del olor a tierra húmeda y ozono. Casi se sabía el camino de memoria, así que no necesitaba ningún haz de luz que iluminara el sendero. La tumba permanecía donde la habían erigido dos siglos atrás, con la figura de la orante doncella tallada en piedra.

Se enamoró de ella la primera vez que la vio de niño; penitente arrodillada, los surcos de humedad horadando sus mejillas, lágrimas perpetuas de tristeza forzada. Había muerto la víspera de difuntos, con dieciséis años recién cumplidos. Y nunca nadie fue a honrarla a su lugar de descanso eterno el día que conmemoraba su fallecimiento.

Su tumba estaba maldita, decían, el hálito del mal escapaba de cada junta mal sellada. Pero él rechazaba las historias con gesto desdeñoso y cada noche del treinta al treinta y uno se acercaba a arrancar la grama que brotaba de la piedra y limpiar a fuerza de lágrimas el lecho de su amada. No había ciencia física que explicara la necesidad que le apremiaba, ni fuerza telúrica que le mantuviera alejado del lugar que le reclamaba.

Esa noche parecía una de tantas, solitaria y vivificante. El aseo del mármol le despellejó los dedos y los párpados, pero el hábito y la costumbre proporcionaban a su alma la paz buscada. Y no fue hasta la primera campanada de dos, que se permitió un descanso en la pétrea caja. El frío se coló entonces bajo la lana de su abrigo, el silencio se volvió opresivo y el sudor frío empezó a deslizarse por su espalda. El ruido llegó de todos y de ningún sitio, una voz chirriante que le llamaba por su nombre. Cerca, cada vez más cerca.

Él, el hombre de ciencia y sangre fría, fue incapaz de moverse buscando el origen. El miedo le dejó sentado en la gélida tumba, la mirada clavada en el angustiado rostro tallado. Sus formas suaves parecían desdibujarse bajo las nubes de niebla, su rostro ovalado engrosándose bajo su atenta mirada, los labios sellados curvándose en una sonrisa imposible. La condensación caía de sus ojos cerrados, mezclándose con la arena que aún no había quitado, dándole el aspecto de lágrimas sangrientas capaces de manchar hasta el alma más pura.

Niklos temblaba con pavor, espectador de primera de un espectáculo macabro. Las leyendas cobraron vida frente a sus ojos y su doncella orante se presentó a él en forma de súcubo liberado. Señalaba la cámara con un dedo afilado mientras bailaba la pecaminosa danza frente a sus ojos desorbitados. Le enfadó su parálisis y una fría mano le agarró el corazón en el pecho. Lo sostuvo en vilo hasta que la supervivencia hizo despertar a su mente. Aunque ese primer motivo no fue el más importante.

La ciencia. Si él hablara, nadie le creería. Ese maravilloso invento que era la fotografía daría un testimonio que a él le estaba prohibido. Captó la esencia maligna desde todos los ángulos posibles, los zarcillos de niebla enroscándose en torno a su lozano cuerpo. Su rostro angelical sonreía con el brillo del demonio.

Pasaron las tres y las cuatro y la mano helada no soltaba el pálpito de su pecho. Las cinco llegaron y marcharon y sólo con las primeras luces del alba, el espíritu errante y maligno no tuvo más remedio que esconderse en su lecho de piedra. Pero no soltó su corazón y Niklos Steinberg, hombre culto e instruido, cayó a los pies de la tumba como un muñeco de trapo. La cámara, intacta a su lado, a la espera de alguien que revelara sus secretos.

* * * * *

Julian Bancroft siempre había sido un gran aficionado a la fotografía. Su posición desahogada en la vida le otorgaba unos lujos de los que no tenía intención de prescindir. Desde 1903 utilizaba la máquina de revelado Kodak, lo que le permitía una mayor libertad a la hora de manipular los carretes que se empeñaba en gastar. Sus conocidos sabían de su afición y no dudaban en entregarle todo material fotográfico que encontraran. Así fue como la cámara de Niklos Steinberg cayó en sus manos.

El antiguo aparato era un reclamo para alguien como él y revelar su contenido se convirtió en una obsesión. Durante días se encerró en su lujosa mansión, casi olvidándose de comer y dormir. Una a una se mostraban las imágenes tomadas. Oro y púrpura dando paso a un azul descolorido, la noche cayendo en el cementerio de Sitovo. Una doncella angelical orando en una lápida de piedra. Una lujuriosa sílfide dejándose atrapar por el objetivo.

Julian se enamoró nada más verla y la necesidad imperiosa de reunirse con la mujer de la fotografía le llevó de su Londres natal a la pequeña población de Bulgaria. Llegó allí en vísperas de difuntos, con una maleta llena de cámaras Brownie que le permitirían inmortalizar la belleza en estado puro.

Niklos Steinberg había conseguido su objetivo. La ciencia había ganado. Y una nueva víctima corría a los brazos de la muerte.


6 comentarios:

Citu dijo...

Me gusto a los tiempos leer te mando un besito nena y bello como siempre

Esther dijo...

Me resultó escalofriante; incluso me ha dado miedo, jeje.
Muy bueno, de verdad.
¡Saludos y cuídate!

osnolasaga dijo...

¡Hola! Pasaba por tu blog después de leer tu comentario y decidí leer esta historia... la verdad es que estoy impresionada y tu forma de narrar es envolvente haciéndome incluso sentir escalofríos y fascinación con la imagen que has descrito...

¡Te sigo no lo dudes!

Kyra dijo...

Me alegro de que os haya gustado! Es el primer relatillo de medio miedo qu escribo y no estaba muy convencida, pero al final no quedó del todo mal.

Saluditos!!

kaerog dijo...

está muy bien ^^

felicidades !

Kyra dijo...

Muchas gracias, Kae!!

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