Este corazón mío, Susan Elizabeth Phillips


Lilly salió de encima de él y, con dificultad, se levantó para taparse.
-Lo siento. Estoy tan... gorda. Debo de haberte aplastado.
-No vuelvas con lo mismo.
Liam se hizo a un lado y, con una mueca de dolor, se incorporó lentamente. A diferencia de ella, él no parecía tener ninguna prisa por volver a vestirse. Lilly prefirió no mirar y acecho la falda arrugada hacia abajo, mientras veía que sus bragas estaban a sus pies, en el suelo. No logró abrocharse el sujetador, así que cerró la parte delantera de su blusa, pero cuando se disponía a abotonársela, Liam le sujetó las manos.
-Escúchame, Lilly Sherman. He trabajado con cientos de modelos durante mi vida, pero nunca había tenido que dejar de pintar para seducir a una de ellas.
Ella iba a replicar que no se lo creía, pero se trataba de Liam Jenner, un hombre sin la paciencia suficiente para los piropos.
-Ha sido una locura.
La expresión de Liam se tornó feroz.
-Tienes un cuerpo magnífico. Exuberante y extravagante, exactamente como tiene que ser el cuerpo de una mujer. ¿Te has fijado cómo caía la luz sobre tu piel? ¿Sobre tus pechos? Son colosales, Lilly. Grandes. Carnosos. Abundantes. Nunca me cansaría de pintarlos. Tus pezones... -Liam puso sus dedos sobre ellos, los frotó y sus ojos ardieron con la misma pasión que había descubierto en ellos mientras pintaba-. Me hacen pensar en un aguacero. Un aguacero de abundante leche dorada-Lilly se estremeció por la intensidad que encerraba su ronco susurro-. Derramándose por el suelo... Convirtiéndose en ríos... Ríos dorados y centelleantes fluyendo para alimentar continentes de tierras secas.
Qué hombre tan estrafalario y excesivo. Lilly no sabía qué pensar de una imagen tan atroz.
-Tu cuerpo, Lilly... ¿No lo ves? Es el cuerpo que dio a luz a la raza humana.
Sus palabras iban contra todo lo que predicaba el mundo en el que ella vivía. Dietas. Abnegación. Una obsesión por el hueso femenino en lugar de la carne femenina. La cultura de la juventud y la delgadez.
De la tacañería.
De la desfiguración.
Del miedo.
Por una fracción de segundo, Lilly entrevió la verdad. Vio un mundo tan aterrorizado por el poder místico de la Mujer que lo único que podía aceptar era la aniquilación de la fuente misma de aquel poder: la forma natural del cuerpo femenino.
Era una visión demasiado alejada de su experiencia, y de pronto se evaporó.
-Tengo que irme.
El corazón le martilleaba el pecho. Se inclinó para recoger las bragas y las puso en la cesta de costura junto con los pedazos de la colcha que había esparcidos por el suelo.
-Ha sido... ha sido muy irresponsable.
-¿Hay alguna probabilidad de dejarte embarazada?
-No. Pero hay otras cosas.
-Ninguno de los dos es promiscuo. Ambos hemos aprendido a las duras que el sexo es demasiado importante.
-¿Y cómo le llamas a esto? -dijo dando una palmada en el suelo.
-Pasión. Déjame ver en qué estás trabajando -dijo señalando con la cabeza los retales que sobresalían de la cesta de costura.
A Lilly le pareció impensable permitir que un genio como Liam Jenner viera su simple proyecto artesanal. Negando con la cabeza, se dirigió hacia la puerta, pero justo antes de llegar allí, algo la empujó a darse la vuelta.
Liam estaba en pie, mirándola. Una mancha de pintura azul adornaba su muslo, cerca de la ingle. Estaba desnudo y magnífico.
-Tenías razón-dijo Lilly-. Tengo cincuenta años.
Su suave respuesta la siguió al salir de la casa y mientras bajaba por la carretera.
-Demasiado mayor para ser tan cobarde -dijo Liam en un suspiro, y sus palabras siguieron a Lilly hasta que salió de la casa y no la abandonaron durante todo el camino de vuelta.


Este corazón mío, Susan Elizabeth Phillips

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