M.E. 2: Una noche con la diosa del deseo III

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Ares y Afrodita, Carlo Saraceni


Dejó escapar un gruñido furioso antes de que sus manos se dirigieran ansiosas hacia el centro de su deseo. Aunque decir deseo era quedarse corto ante la desesperante necesidad que las dos arpías le habían provocado. Fue demasiado lento o Afrodita demasiado rápida porque ni siquiera había llegado a rozarse cuando se encontró con las manos atadas con cintas de seda en el cabecero de la cama. Ni siquiera los violentos tirones del imponente dios de la guerra eran capaces de romperlas, y eso que lo intentó con ahínco.
—¡Afrodita! —rugió con ira.
Y lo había vuelto a hacer. Lo había dejado completamente a su merced. Y él había sido tan estúpido como para bajar la guardia, olvidando otras noches de tortura y placer… a partes iguales.
—¡Oooh! Pobre Ares —ronroneó la diosa, acercándose lentamente al lecho—. Ya estás atrapado de nuevo.
Lucía esa sonrisa odiosa que tanto le molestaba. Una mezcla entre cinismo y burla, aderezado con una pizca de falsa compasión. Su voz era un bálsamo que pretendía hacerle creer que sentía haber sido artífice de su situación. Pero era una mentirosa consumada y la mejor de las actrices, así que no lo creyó ni por un momento. Aunque lo acabaría sintiendo… No se hacía una idea de cuanto.
—Deja de jugar, Afrodita. Estoy empezando a perder la paciencia —gruñó en un tono bajo y amenazador.
—Ya lo veo.
Los ojos de la diosa no se apartaban de su miembro congestionado, hinchado hasta el límite. Justo allí paseó su mano, deteniéndose sólo para limpiar la semilla que lo humedecía. Gruñó con ira y deseo, pero no amedrentó a su amante, que volvió a dejarle al borde de la liberación y empezó a desnudarse con parsimonia.
—Eres demasiado mandón, Ares —comentó Afrodita, comiéndoselo con la mirada—. Pero yo no soy un soldado al que puedas amedrentar. Estás en mis aposentos y aquí soy yo quién da las órdenes.
—No a mí
—Y precisamente por eso estás atado.
Se acomodó a horcajadas sobre las caderas del dios, resbalando sobre su carne enardecida. Ronroneó mientras lo hacía, apretándole con sus muslos, hasta que los movimientos de Ares lo acercaron peligrosamente hasta su objetivo.
Afrodita alzó las caderas hasta alejarlas completamente de su miembro y apoyó los senos perfectos en su pecho. Empezó a pasear los dedos por su rostro tenso dejando que una sonrisa amable curvara sus labios.
—¿Por qué no dejas de luchar contra mí, mi amor? —metió los dedos en su boca para humedecerlos y pasarlos después sobre sus labios duros—. Sabes que haré que disfrutes cada segundo que pases conmigo.
—También me torturarás cada segundo —murmuró mientras acariciaba el dedo esbelto con la lengua.
La risa argentina de la mujer traspasó sus defensas, dejándole expuesto y rendido a sus caricias.
—¿Habría placer sin una buena dosis de dolor?
No esperaba respuesta, pero aún así Ares se la dio
—Baja las caderas un poco y lo comprobaremos.
Estaba dispuesto a todo con tal de que le dejara penetrar su cuerpo de una vez por todas. Pero ella volvió a reír, mandándole un escalofrío a lo largo de la columna.
—Estoy tentada —susurró mordisqueando su oreja—. Pero ayer no viniste a mí y tienes que pagar por eso.
Se separó del dios, justo en el momento que él pensaba que la había ablandado lo suficiente. Tenía que haber sabido que nada conseguiría alejar a la pérfida diosa de su objetivo. Y ese no era otro que torturarle hasta la locura

M.E. 2: Una noche con la diosa del deseo II

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Marte desarmado por Venus,
Jaques Luis David
Afrodita apenas tardó en recuperarse del éxtasis. La diosa del deseo no sólo se rendía al placer glorioso del clímax con completo abandono, sino que estaba más que dispuesta para un nuevo asalto en cuestión de segundos.
—Recuéstate, amor mío —susurró, empujando a su amante sobre la mullida cama.
Ares se quitó la armadura, mientras la doncella de Afrodita desabrochaba los cordones de sus sandalias. Tan sólo le cubría la túnica corta y pronto la liviana tela también fue desechada junto con el dorado metal. Su mirada no se apartó de la diosa, que se contoneaba hasta acabar recostada en un diván rosado, recubierto con cojines de seda.
—Liria es una doncella encantadora —comentó como al descuido, su voz aterciopelada recorriendo su columna en un escalofrío—. Y bien dispuesta.
La muchacha en cuestión continuaba arrodillada a sus pies, con los ojos fijos en la evidente prueba de su deseo.
—Ya puedes levantarte —murmuró el dios guerrero
—¡Yo no lo he ordenado!
La mano que acariciaba la mejilla de la joven se detuvo en seco. Los ojos de Afrodita refulgían con ira porque él se había tomado la libertad, por segunda vez, de mandar en sus aposentos. Pero pronto se suavizaron, al tomar un cuenco de cristal en el que bailaba un líquido dorado, espeso, como miel templada a fuego lento.
—Antes me gustaría jugar un rato —explicó con un movimiento perezoso de sus dedos sobre el cuenco.
La sangre de Ares empezó a acelerarse en sus venas. Los juegos de la diosa más de una vez habían estado a punto de llevarlo a la locura. La yema de un dedo perfecto se sumergió en el cuenco y empezó a trazar círculos, dejando que la sustancia impregnara su blanca piel.
—Tengo la sensación de que hoy voy a divertirme mucho.
Una sonrisa lenta curvó sus deliciosos labios, una sonrisa que prometía placeres infinitos… y torturas descabelladas. Ares no era dios cobarde, pero notó una punzada de inquietud. Afrodita podía ser la más gentil de las mujeres, la más dispuesta, y también la más dañina. Quizá la amaba por eso, porque era capaz de adivinar sus más bajos instintos y satisfacer sus más profundos deseos.
—Néctar traído del mismísimo jardín de las Hespérides —comentó con un ronroneo, mientras alzaba la mano hacia su boca, la yema del dedo cubierta de la dorada miel—. Me apuesto el cinturón a que jamás has probado nada igual.
Su miembro dio una sacudida contra su vientre, ansioso y expectante. ¿A quién le importaba el néctar de las ninfas, pudiendo lamer el deseo de una diosa como ella?
—Liria seguro que no lo ha hecho —gorjeó con malsana alegría—. Podríamos ponerle remedio a eso.
La vio sacar la lengua y limpiarse el dedo con ella, seguro de que con la intención de provocar la envidia de la doncella. Sin embargo, la muchacha eligió en ese momento pasar la pequeña lengua sobre la cabeza de su erección, provocándole un estremecimiento que le sacudió hasta la médula.
Miró hacia abajo, a la boca de Liria tan cerca de su sexo que lo acariciaba con su aliento y que no parecía tener la intención de continuar con lo que había empezado.
La risa de Afrodita le distrajo y cuando volvió a fijarse en ella, tenía todo el dedo cubierto de néctar.
—Creo que le ha gustado —rió—. Démosle un poco más.
Y pasó la lengua dura desde el nudillo hasta la uña, retirando la miel de un solo movimiento. El mismo movimiento que hizo la joven en su sexo henchido, dejándole tenso y jadeante.

Jugaron con él durante una hora, excitándole hasta límites insospechados, llevándole de cabeza al borde de un abismo de placer, para luego detenerse en el momento en que su simiente amenazaba con derramarse.
Afrodita metía una y otra vez los dedos de uñas perfectas en la sustancia espesa y luego se los lamía de la misma forma que luego la doncella lamía su miembro. Cuando empezó a chuparlos dentro de su boca, el guerrero pensó que acabaría cediendo al deseo y descargando su placer en la garganta de la criada. Esta demostró tener una amplia experiencia en los juegos de su señora, o quizá era la diosa la que mostraba su maestría en la manipulación de sus muchachas porque las lenguas se movían al unísono y las succiones no tenían margen de diferencia.
El mecía las caderas con lentitud al principio y un ritmo enloquecedor según pasaban los minutos de tortura. Un par de veces cometió el error de interrumpir a la diosa y sufrió en su carne los resultados de su propia estupidez.
—Afrodita… —había susurrado, un hondo gemido de placer nacido de lo más profundo de sus entrañas.
Ella se había detenido, sacando los dedos de su boca para poder preguntarle mordaz:
—¿Querías algo, amor mío?
La cabeza de la joven Liria había cesado sus movimientos, haciéndole gruñir de completa frustración.
Su cuerpo estaba totalmente cubierto de sudor, sus músculos tensos y temblorosos, sus riñones se contraían en el momento de la liberación, para que la boca que le torturaba se apartara en el momento menos apropiado. El pelo castaño se le pegaba al rostro y al cuello y la respiración hacía ya tiempo que había dejado de ser regular. El deseo nublaba su mente de tal forma que sólo podía pensar en empujar contra la lengua que tan pronto era una amante deseosa como una doncella esquiva.
No fue hasta que el cuenco de cristal estuvo completamente vacío, que Afrodita decidió dar por terminado el juego. Su cuerpo se hallaba al borde del colapso, ésta vez parecía que las succiones no se detendrían hasta hacerle alcanzar el éxtasis. Hacía ya tiempo que había pasado el límite de su contención y bombeaba en la boca de Liria sin control alguno. Dos embates más y se liberaría con una potencia arrolladora.
El chasquido de unos dedos se coló en su cerebro embotado y la muchacha desapareció sin dejar rastro, dejándole hendiendo el aire. 

¡Premio Zeus!

Bueno, aquí traigo un regalo que no veas.
¡¡¡¡Este pedazo de Dios hecho por Perséfoneluz!!!! Derechito desde su blog: Perséfoneluz. E inspirado en los relatos que podéis leer con la etiqueta de Mitología erótica.
¡¡¡Mil gracias por este regalo!!!


La única regla de este premio:

-Para que este Premio Zeus no quede estancado, creo que deberían entregarlo a esos o ese blog que sinceramente y sólo sinceramente no dejarían de leer, porque realmente sus historias las atrapan. (palabras textuales de la creadora)

Así que, aquí voy:

- Alas para Volar de Iris, al que también se lo ha dado Perséfoneluz, pero del que soy del todo asidua.

- Enamorada de las letras de Citu. Cada día estoy más encantada con sus historias.

- SokAly igual que me ha pasado con Alas para volar, este blog ya está premiado, pero me suelo pasar muy a menudo por él

- Mis historias, Mi mundo de Yelania Sammet. Lo conocí hace poco, pero me enganché del todo.

- El Rincón de Bonnie al que me acerco por sus recreaciones de los personajes de Crepúsculo.

- Y por último, pero no menos importante (ni mucho menos) a Mi voz del corazón en palabras de María. Se nota que cada reseña que hace efectivamente son palabras que salen de lo más profundo de su corazón.

Estos son los rinconcitos en los que siempre me acabo entreteniendo mucho rato.

Un beso muy grande

Vagancia


Pura y dura!

Eso es lo que me ha tenido esta semana alejada de mi mundo virtual, este que por lo general me trae más alegrías que cualquier otra cosa y en el que puedo ser yo.

Justo la semana pasada, me hacía el fiel propósito de ser más constante, de escribir no sólo cuando me apeteciera, sino todos los días. Al fin al cabo, tengo la intención de convertirme en escritora. Bueno, pues he empezado fatal.

Está claro que la constancia no es una de mis virtudes, ni lo será jamás. Más bien es un trabajo que voy a tener que esforzarme en realizar, pero al que me comprometo, porque no es justo para las que me leéis que diga que voy a escribir una cosa y luego no lo haga. Por eso me disculpo, y no voy a comprometerme con nada más. Tan sólo deciros que pienso compensar de alguna forma esta semana tan estéril.

Un beso enorme y gracias por seguir ahí, a pesar de todo.

Siempre se acuerdan de mi...

Pongo nuevos regalos que me hicieron la semana pasada dos grandes escritoras de esta blogosfera. Si no conocéis sus espacios, deberíais pinchar en los links y pasaros un rato (uno muy largo y grato, por cierto)




Una de ellas es Iris, a la que quiero dar las gracias por acordarse de mí una vez más. Su blog: Alas para Volar. Una de sus grandes virtudes: la constancia. Es un gran trabajo el que hace, escribiendo a diario y regalándonos esos pedacitos de historias que a todos nos acaban poniendo los pelos de punta en algún momento. Gracias Iris, de todo corazón.
Muchas gracias a Citu también, de Enamorada de las letras, Su gran virtud, a mi parecer: La energía, el trabajo y la ilusión que pone en cada una de sus historias. Creo que es eso, a parte de sus palabras, las que les dan la magia que las rodean.
Muchas gracias a las dos por acordaros siempre de mí!!!

YA ES MÍA!!


Por fin!!!!
Ayer se puso a la venta la película AVATAR, en mi opinión una de las grandes - y no sólo por sus efectos especiales-. Hoy, 22 de Abril, Fiesta de la Tierra, me he dado mi pequeño homenaje particular y me he comprado la película. Creo que, junto con los libros de Ángeles y Érika, es la mejor compra que he hecho en muuuucho tiempo (y casi la única, que la economía no da para mucho XDD)
Hay quién dice que esta película es una mezcla entre los Pitufos y Pocahontas. Bueno, creo que es una forma distinta de demostrar la fobia que le tiene la gente a las historias de personas que no son como nosotros (azules, negros, chinos, indios...). También creo que quien no se haya emocionado al ver caer Árbol Madre y la pena de los Na'vi es que tiene sangre de horchata. Y quien no se haya alegrado al ver a los destructivos humanos expulsados de Pandora es que tiene muy poca fé en en el futuro de nuestra propia Tierra.
Quizá aquí no tengamos unobtainium que extraer, pero ya nos encargaremos nosotros de buscarlo cuando el resto de los recursos naturales se agoten. ¿Y entonces qué?
Creo que hoy, 22 de Abril, Fiesta de la Tierra, es un buen día para hacer una reflexión acerca del rumbo que llevamos. A mí, personalmente, no me gusta ver casas donde antes había árboles, o por donde pasaba el curso de un río. Es algo que no sólo depende de mí, ni de los demás. Es algo que depende de todos.
Y es algo que nos beneficiará a todos.
Porque si hay algo que es cierto es que el mundo no va a acabarse. Podrá haber terremotos, volcanes, tsunamis y demás catástrofes naturales. Podemos contaminar nuestra atmósfera hasta que sea irrespirable. ¿Y quién va a sufrir más por ello?
La Tierra siempre va a estar ahí... Y a mí me gustaría estar con ella. Y que mi pequeña sobrina pueda conocer los colores de la naturaleza, como los vi yo de niña. ¡Ojala yo hubiera visto los tonos que disfrutaron mis abuelas!
Todos tiramos de vez en cuando la basura de nuestra casa... Dejemos entonces de ser basura para la Tierra, no vaya a decidir que es hora de sacarla.
Aclaración antes de que empiecen a machacarme. Soy consciente de que en algún sitio tenemos que vivir y de que tenemos que comer y de si quiero internet, movil y mil cosas más, la Tierra va a sufrir. No abogo por volver a vivir en las cavernas, pero sí un poco de conciencia natural, que falta nos hace. Intentemos adaptar un poco esta forma de vida de manera que hagamos el menor daño posible.

M.E. 2: Una noche con la diosa del deseo I



Las Perlas de Afrodita,
Herbert James Draper
Tomaba su baño en la amplia piscina revestida en lapislázuli, rodeada de doncellas de piel blanca que tocaban su pelo con reverencia. El agua apenas estaba cubierta ya de espuma, espuma de la que ella había nacido y a la que su nombre hacía reverencia. Reía con deleite cuando salpicaba gotas esponjosas a los cuerpos de sus acompañantes, pero no consentía que ninguna de ellas manchara su nívea dermis. Tenía lo mismo de caprichosa que de bella… y su hermosura no era comparable a la de ningún otro ser vivo.
Con una palmada, el juego terminó y las muchachas se apresuraron a salir del agua para buscar la seda blanca que secaría sus pieles de alabastro. No tardaron en preparar otra irisada que cubriría el cuerpo de su señora.
Ares observaba la escena desde la puerta abierta, sonriente, sus ojos perdiéndose en los muslos tiernos que corrían para satisfacer a su amante por no mirar aquellos que lo dejarían fuera de combate a la primera provocación. Pero ella sabía que estaba allí. La seductora sonrisa que curvaba sus rosados labios gruesos era la misma que reservaba para sus encuentros privados. Era la misma que guardaba sólo para él.
La vio sacudir la cabeza al compás de una risa cristalina que le llegó a lo más profundo del alma y se instaló en su vientre. Su hermosa cabellera cobriza brillaba reflejando los rayos del sol que se colaban por las celosías de las ventanas y se extendía hasta cubrir las redondeadas caderas. Se anticipó a la sensación de esas guedejas onduladas acariciando sus muslos y la ropa holgada debajo de la armadura dejó de disimular su excitación.
Afrodita sentía en su espalda y sus caderas el cosquilleo de los ojos acariciadores de Ares. Se moría de ganas de echar a todo su séquito de una palmada e invitar al dios a su lecho, pero el día anterior había preferido guerrear contra los humanos a jugar con su espada entre sus muslos y tenía que hacerle pagar.
Dejó que la toalla de seda se escurriera hasta sus caderas, donde quedó arrugada y abierta sobre un muslo. Una rodilla se apoyó como al descuido en el colchón y estiró su cuerpo sobre las sábanas arrugadas, llevando el pelo húmedo hacia un costado.
—Los aceites —su voz melosa susurró la orden que sus siervas se apresuraron a cumplir—. De jazmín.
No tardó en sentir las delicadas manos sobre su espalda, esparciendo el perfume aceitoso con un masaje suave. El aroma de la excitación de un hombre se coló por entre los efluvios del jazmín y la diosa suspiró con deleite, moviendo las caderas contra el colchón. Las manos se deslizaron hasta sus piernas y también allí frotaron hasta que su piel adoptó el tono rosado de la aurora.
Se volvió en un movimiento lánguido y medido, que sacudió sus pechos y bajó aún más la seda de sus caderas. Las manos pasaron entonces a su cintura y sus pechos que pronto se impregnaron del aroma dulzón. Unos dedos atrevidos juguetearon con las puntas coralinas, que se irguieron al primer roce, ansiosas de más caricias. El gemido gutural que dejó escapar entre sus labios entreabiertos dio el aviso que todas esperaban.
Dos se hacían cargo de sus brazos. Otras dos de sus piernas. Pero todas empezaron a dirigirse al centro de su cuerpo, que esperaba con avidez el roce de un amante… o de varias. Sus pezones volvieron a verse sacudidos, pero esta vez por una lengua tímida que tan sólo dejaba golpecitos leves sobre ellos. Mientras, la tela que la cubría se iba abriendo mostrando la perfección de su cuerpo.
Los muslos no tardaron en ser asaltados y su entrepierna se humedeció en el acto, mezclando su aroma con el perfume de las flores del amor. Pasó la lengua por los elásticos labios y vio la figura de su amante en el umbral, macizo y erecto, esperando una invitación que no llegaría hasta que ella estuviera saciada. Pero se la saltó impaciente cuando unos dedos curiosos frotaron con aceite el pubis limpio de vello.
—Quizá prefieras las caricias de un dios —no era una pregunta, si acaso un gruñido que pretendía provocar la huída de sus doncellas.
—¿Por qué? —gimió con perverso placer—. Nadie como una mujer para satisfacer de diferentes maneras las necesidades de una diosa.
—Yo las conozco todas.
—Mira de todas formas, por si acaso aprendes alguna.
Dejó que sus párpados se alzaran lentamente destapando unos iris azules, casi transparentes, capaces de hacer postrarse a sus pies al más aguerrido de los dioses. Ares casi lo hizo, pero recordó el gusto por los juegos de la pérfida hembra que meneaba las caderas contra las manos deseosas de complacer.
—¡Marchaos todas! —rugió furioso
—¡No!
—¡Fuera he dicho!
Las jóvenes abandonaron la habitación entre gritos asustados y risas nerviosas por el grandioso espectáculo que se les iba a ofrecer a continuación. Afrodita se arrodilló en la gran cama con dosel, irguiendo su espalda, apuntando con los pezones tirantes al torso musculoso de su amante. Su rostro mostraba toda la ira que guardaba para esas ocasiones, mientras su cuerpo hervía de deseo por arrastrarse a los brazos del dios.
—No eres nadie para dar órdenes aquí —susurró lentamente.
El tono aterciopelado de su voz se enroscó en su bajo vientre, como una lengua juguetona y experta.
—Soy un guerrero —afirmó subiendo los escalones que llevaban a su presa—. Y tú eres mi recompensa cuando vuelvo a casa después de un combate.
—Pero esta no es tu casa, guerrero.
Sonrió con maldad al llegar al borde del colchón y lanzó una mirada desdeñosa a la rica estancia llena de columnas, guirnaldas y joyas.
—Ésta ten por seguro que no. Pero ésta… —adelantó una mano y la internó en la sedosa calidez entre sus piernas, haciéndola lanzar un gritito mezcla de indignación y placer.
La diosa apresó su antebrazo con su pequeña mano. Un gesto simbólico de rechazo, ya que sus caderas se movían contra sus dedos, urgiéndole a ir más deprisa.
Sus ojos se deleitaron con la imagen de la mujer arqueándose, apretándole y jadeando en busca de la culminación. Aprovechó el momento de éxtasis para hundir dos dedos en la carne que lo buscaba y concluyó con arrogancia:
—Ésta es toda mía.

M.E. 1: La Lluvia Dorada V

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Dánae, Artemisia Gentileschi


Lenta, muy lentamente, una carne enardecida se colaba en su propio cuerpo enardecido. Parecía tan natural, después de las sensaciones que había despertado en ella que no se molestó en sentir vergüenza ni aprensión. Simplemente, curiosidad por saber qué nuevas chispas encendería en su cuerpo.
Lenta, muy lentamente, se deslizaba en ese lugar que jamás se había humedecido tanto, y sonrió con deleite al caer en la cuenta que era esa humedad la que le permitía resbalar, internándose en las profundidades de su ser.
Lenta, esa carne que palpitaba al ritmo de su corazón traspasó la barrera que la marcaba como doncella, tan lentamente que apenas sintió un pellizco de dolor antes de que sus músculos se expandieran para acogerle completamente. Suspiró de dicha al sentirse colmada. Y cuando quiso suspirar de nuevo su aliento quedó preso en la lengua que terminaba de llenarla, al igual que su cuerpo se rindió al peso que la apretaba contra el colchón y empujaba para abrir aún más sus piernas.
Dobló las rodillas en un acto instintivo, alzando las caderas al encuentro de la fuerza invisible que había llegado a ella en forma de lluvia dorada. Ese gesto le hundió aún más en ella, provocando un rayo de placer que la obligó a arquearse a su paso. Volvió a tocar un cuerpo firme, duro y tenso sobre ella y dejó que sus manos vagaran, recorriendo aquello que sentía como real, casi más que ella misma, y sin embargo debía ser mágico para que sus ojos no pudieran encontrarlo.
Apretó con fuerza el miembro invasor, chupando con la misma ansia como lo había hecho con su boca, buscando ese algo desconocido que prometía tan sólo con estar dentro. Sacudió las caderas, intentando obligarle a que la hiciera llegar a ese lugar que ya conocía, pero que aparentaba ser aún más auténtico, más veraz. Gruñó cuando se dio cuenta de que el cuerpo no hacía absolutamente nada, tan sólo respirar sobre ella, acariciarle los labios con la aspereza de su lengua y apretarse sin moverse en su interior. Ronroneó cuando se dio cuenta de que por más que se movía bajo él, no había nada que pudiera hacer ella sola para alcanzar la cima de sensaciones que anhelaba. Y sollozó al fin con una súplica, mordiéndole la boca, al sentir su vientre tenso, listo y preparado para explotar en una marea de dicha.
Fue entonces, cuando lenta, muy lentamente, la dulce y ansiada fricción la convirtió en una mujer ansiosa de sus caricias y su cuerpo.

Tuvo que detenerse, había tenido que hacerlo por miedo a derramarse en esa cálida estrechez desde la primera penetración. Sentirla aferrándose a su sexo como si chupara de él, casi le había llevado a la liberación más temprana. Cuando supo que podría moverse sin morir de dicha entre sus brazos fue cuando se retiró para volver a empujar en ella con la contención desatada.
Estaba tan mojada… tan preparada para lo que su cuerpo quería ofrecerle. Tan abierta y ansiosa porque invadiera su espacio más terreno y a la vez más divino. Entrar en ella era como hacerlo en un bizcocho esponjoso y caliente, bañado de licor de néctar, dulce y embriagador a partes iguales. La sentía extenderse a su alrededor, como la corola de una flor buscando el rocío de la mañana en primavera, para después atraparle entre la aterciopelada firmeza de sus pétalos rosados. Los tallos tiernos de sus piernas se enroscaban entorno a sus caderas como hiedra verde, las livianas hojas de sus pies acariciando el interior de sus muslos. Y él era el pájaro que la germinaba, su pico dorado penetrando en la dulzura de su cáliz, buscando el polen sagrado que da la vida.
Se hundía más y más en ella, notando la forma en que sus músculos separaban la piel de su miembro, empapando la carne que la llenaba con su flujo virginal. La gruesa cabeza tropezaba en su huida misteriosa con un saliente que parecía querer acoplarlo en su interior para siempre, pero que al chocar los hacía gemir a ambos, haciendo aún más grande su necesidad.
Bailaban juntos al son que imponía la naturaleza y sus propios cuerpos, sudorosos y jadeantes, ansiosos y trémulos. Cada lugar en el que se rozaban era tan sólo un punto más en el que el placer convergía para luego estirarse en una ola infinita.
Dánae hacía ya tiempo que había abandonado su pudor y se dejaba llevar por las acometidas gritando enloquecida, negando con la cabeza por ese placer mágico y doloroso a un tiempo, sacudiendo las caderas a un ritmo frenético que no aguantaría por más tiempo.
Y sucedió. Frunció el ceño con fuerza y abrió los labios en un grito silencioso que él tragó en su boca. Se estrechó aún más entorno a carne, oprimiéndole, como si la liberación empezara en él y sólo él pudiera traspasársela. Fue un ruego eficaz. Sintió cómo se le tensaban los riñones y dejaban escapar una corriente de dicha que atravesó su miembro y penetró en el cuerpo de la joven, que se dejó arrastrar en la marea de sensaciones.
Explotaron juntos, unidos por sus bocas y sus sexos, dejando que el placer fluyera entre ambos, en oleadas que empezaban en uno y terminaban en el otro. Salían al encuentro de cada golpe de dicha con una urgencia que rayaba con la locura, contorsionándose en una danza que parecía no tener fin.

Cuando Dánae despertó, ya era de día y el sol bañaba su cuerpo blanco cubierto por la lluvia dorada. Continuaba como él la había dejado, de espaldas, con los miembros laxos y las piernas abiertas, sus rizos todavía húmedos por el placer compartido.
Sonrió al recordar cada una de las maravillas que ese cuerpo invisible le había enseñado y se acarició el vientre, el lugar donde más sensaciones habían pulsado. Una voz grave y profunda daba órdenes en su oído, mientras ella pasaba las manos una y otra vez por debajo del ombligo.
«Destructor —susurraba una y otra vez—. Destructor.»
Nueve meses más tarde, su hijo se llamó Perseo, el nombre que su padre le había dado.