Vagancia


Pura y dura!

Eso es lo que me ha tenido esta semana alejada de mi mundo virtual, este que por lo general me trae más alegrías que cualquier otra cosa y en el que puedo ser yo.

Justo la semana pasada, me hacía el fiel propósito de ser más constante, de escribir no sólo cuando me apeteciera, sino todos los días. Al fin al cabo, tengo la intención de convertirme en escritora. Bueno, pues he empezado fatal.

Está claro que la constancia no es una de mis virtudes, ni lo será jamás. Más bien es un trabajo que voy a tener que esforzarme en realizar, pero al que me comprometo, porque no es justo para las que me leéis que diga que voy a escribir una cosa y luego no lo haga. Por eso me disculpo, y no voy a comprometerme con nada más. Tan sólo deciros que pienso compensar de alguna forma esta semana tan estéril.

Un beso enorme y gracias por seguir ahí, a pesar de todo.

Siempre se acuerdan de mi...

Pongo nuevos regalos que me hicieron la semana pasada dos grandes escritoras de esta blogosfera. Si no conocéis sus espacios, deberíais pinchar en los links y pasaros un rato (uno muy largo y grato, por cierto)




Una de ellas es Iris, a la que quiero dar las gracias por acordarse de mí una vez más. Su blog: Alas para Volar. Una de sus grandes virtudes: la constancia. Es un gran trabajo el que hace, escribiendo a diario y regalándonos esos pedacitos de historias que a todos nos acaban poniendo los pelos de punta en algún momento. Gracias Iris, de todo corazón.
Muchas gracias a Citu también, de Enamorada de las letras, Su gran virtud, a mi parecer: La energía, el trabajo y la ilusión que pone en cada una de sus historias. Creo que es eso, a parte de sus palabras, las que les dan la magia que las rodean.
Muchas gracias a las dos por acordaros siempre de mí!!!

YA ES MÍA!!


Por fin!!!!
Ayer se puso a la venta la película AVATAR, en mi opinión una de las grandes - y no sólo por sus efectos especiales-. Hoy, 22 de Abril, Fiesta de la Tierra, me he dado mi pequeño homenaje particular y me he comprado la película. Creo que, junto con los libros de Ángeles y Érika, es la mejor compra que he hecho en muuuucho tiempo (y casi la única, que la economía no da para mucho XDD)
Hay quién dice que esta película es una mezcla entre los Pitufos y Pocahontas. Bueno, creo que es una forma distinta de demostrar la fobia que le tiene la gente a las historias de personas que no son como nosotros (azules, negros, chinos, indios...). También creo que quien no se haya emocionado al ver caer Árbol Madre y la pena de los Na'vi es que tiene sangre de horchata. Y quien no se haya alegrado al ver a los destructivos humanos expulsados de Pandora es que tiene muy poca fé en en el futuro de nuestra propia Tierra.
Quizá aquí no tengamos unobtainium que extraer, pero ya nos encargaremos nosotros de buscarlo cuando el resto de los recursos naturales se agoten. ¿Y entonces qué?
Creo que hoy, 22 de Abril, Fiesta de la Tierra, es un buen día para hacer una reflexión acerca del rumbo que llevamos. A mí, personalmente, no me gusta ver casas donde antes había árboles, o por donde pasaba el curso de un río. Es algo que no sólo depende de mí, ni de los demás. Es algo que depende de todos.
Y es algo que nos beneficiará a todos.
Porque si hay algo que es cierto es que el mundo no va a acabarse. Podrá haber terremotos, volcanes, tsunamis y demás catástrofes naturales. Podemos contaminar nuestra atmósfera hasta que sea irrespirable. ¿Y quién va a sufrir más por ello?
La Tierra siempre va a estar ahí... Y a mí me gustaría estar con ella. Y que mi pequeña sobrina pueda conocer los colores de la naturaleza, como los vi yo de niña. ¡Ojala yo hubiera visto los tonos que disfrutaron mis abuelas!
Todos tiramos de vez en cuando la basura de nuestra casa... Dejemos entonces de ser basura para la Tierra, no vaya a decidir que es hora de sacarla.
Aclaración antes de que empiecen a machacarme. Soy consciente de que en algún sitio tenemos que vivir y de que tenemos que comer y de si quiero internet, movil y mil cosas más, la Tierra va a sufrir. No abogo por volver a vivir en las cavernas, pero sí un poco de conciencia natural, que falta nos hace. Intentemos adaptar un poco esta forma de vida de manera que hagamos el menor daño posible.

M.E. 2: Una noche con la diosa del deseo I



Las Perlas de Afrodita,
Herbert James Draper
Tomaba su baño en la amplia piscina revestida en lapislázuli, rodeada de doncellas de piel blanca que tocaban su pelo con reverencia. El agua apenas estaba cubierta ya de espuma, espuma de la que ella había nacido y a la que su nombre hacía reverencia. Reía con deleite cuando salpicaba gotas esponjosas a los cuerpos de sus acompañantes, pero no consentía que ninguna de ellas manchara su nívea dermis. Tenía lo mismo de caprichosa que de bella… y su hermosura no era comparable a la de ningún otro ser vivo.
Con una palmada, el juego terminó y las muchachas se apresuraron a salir del agua para buscar la seda blanca que secaría sus pieles de alabastro. No tardaron en preparar otra irisada que cubriría el cuerpo de su señora.
Ares observaba la escena desde la puerta abierta, sonriente, sus ojos perdiéndose en los muslos tiernos que corrían para satisfacer a su amante por no mirar aquellos que lo dejarían fuera de combate a la primera provocación. Pero ella sabía que estaba allí. La seductora sonrisa que curvaba sus rosados labios gruesos era la misma que reservaba para sus encuentros privados. Era la misma que guardaba sólo para él.
La vio sacudir la cabeza al compás de una risa cristalina que le llegó a lo más profundo del alma y se instaló en su vientre. Su hermosa cabellera cobriza brillaba reflejando los rayos del sol que se colaban por las celosías de las ventanas y se extendía hasta cubrir las redondeadas caderas. Se anticipó a la sensación de esas guedejas onduladas acariciando sus muslos y la ropa holgada debajo de la armadura dejó de disimular su excitación.
Afrodita sentía en su espalda y sus caderas el cosquilleo de los ojos acariciadores de Ares. Se moría de ganas de echar a todo su séquito de una palmada e invitar al dios a su lecho, pero el día anterior había preferido guerrear contra los humanos a jugar con su espada entre sus muslos y tenía que hacerle pagar.
Dejó que la toalla de seda se escurriera hasta sus caderas, donde quedó arrugada y abierta sobre un muslo. Una rodilla se apoyó como al descuido en el colchón y estiró su cuerpo sobre las sábanas arrugadas, llevando el pelo húmedo hacia un costado.
—Los aceites —su voz melosa susurró la orden que sus siervas se apresuraron a cumplir—. De jazmín.
No tardó en sentir las delicadas manos sobre su espalda, esparciendo el perfume aceitoso con un masaje suave. El aroma de la excitación de un hombre se coló por entre los efluvios del jazmín y la diosa suspiró con deleite, moviendo las caderas contra el colchón. Las manos se deslizaron hasta sus piernas y también allí frotaron hasta que su piel adoptó el tono rosado de la aurora.
Se volvió en un movimiento lánguido y medido, que sacudió sus pechos y bajó aún más la seda de sus caderas. Las manos pasaron entonces a su cintura y sus pechos que pronto se impregnaron del aroma dulzón. Unos dedos atrevidos juguetearon con las puntas coralinas, que se irguieron al primer roce, ansiosas de más caricias. El gemido gutural que dejó escapar entre sus labios entreabiertos dio el aviso que todas esperaban.
Dos se hacían cargo de sus brazos. Otras dos de sus piernas. Pero todas empezaron a dirigirse al centro de su cuerpo, que esperaba con avidez el roce de un amante… o de varias. Sus pezones volvieron a verse sacudidos, pero esta vez por una lengua tímida que tan sólo dejaba golpecitos leves sobre ellos. Mientras, la tela que la cubría se iba abriendo mostrando la perfección de su cuerpo.
Los muslos no tardaron en ser asaltados y su entrepierna se humedeció en el acto, mezclando su aroma con el perfume de las flores del amor. Pasó la lengua por los elásticos labios y vio la figura de su amante en el umbral, macizo y erecto, esperando una invitación que no llegaría hasta que ella estuviera saciada. Pero se la saltó impaciente cuando unos dedos curiosos frotaron con aceite el pubis limpio de vello.
—Quizá prefieras las caricias de un dios —no era una pregunta, si acaso un gruñido que pretendía provocar la huída de sus doncellas.
—¿Por qué? —gimió con perverso placer—. Nadie como una mujer para satisfacer de diferentes maneras las necesidades de una diosa.
—Yo las conozco todas.
—Mira de todas formas, por si acaso aprendes alguna.
Dejó que sus párpados se alzaran lentamente destapando unos iris azules, casi transparentes, capaces de hacer postrarse a sus pies al más aguerrido de los dioses. Ares casi lo hizo, pero recordó el gusto por los juegos de la pérfida hembra que meneaba las caderas contra las manos deseosas de complacer.
—¡Marchaos todas! —rugió furioso
—¡No!
—¡Fuera he dicho!
Las jóvenes abandonaron la habitación entre gritos asustados y risas nerviosas por el grandioso espectáculo que se les iba a ofrecer a continuación. Afrodita se arrodilló en la gran cama con dosel, irguiendo su espalda, apuntando con los pezones tirantes al torso musculoso de su amante. Su rostro mostraba toda la ira que guardaba para esas ocasiones, mientras su cuerpo hervía de deseo por arrastrarse a los brazos del dios.
—No eres nadie para dar órdenes aquí —susurró lentamente.
El tono aterciopelado de su voz se enroscó en su bajo vientre, como una lengua juguetona y experta.
—Soy un guerrero —afirmó subiendo los escalones que llevaban a su presa—. Y tú eres mi recompensa cuando vuelvo a casa después de un combate.
—Pero esta no es tu casa, guerrero.
Sonrió con maldad al llegar al borde del colchón y lanzó una mirada desdeñosa a la rica estancia llena de columnas, guirnaldas y joyas.
—Ésta ten por seguro que no. Pero ésta… —adelantó una mano y la internó en la sedosa calidez entre sus piernas, haciéndola lanzar un gritito mezcla de indignación y placer.
La diosa apresó su antebrazo con su pequeña mano. Un gesto simbólico de rechazo, ya que sus caderas se movían contra sus dedos, urgiéndole a ir más deprisa.
Sus ojos se deleitaron con la imagen de la mujer arqueándose, apretándole y jadeando en busca de la culminación. Aprovechó el momento de éxtasis para hundir dos dedos en la carne que lo buscaba y concluyó con arrogancia:
—Ésta es toda mía.

M.E. 1: La Lluvia Dorada V

— Anterior: Parte 4 —

Dánae, Artemisia Gentileschi


Lenta, muy lentamente, una carne enardecida se colaba en su propio cuerpo enardecido. Parecía tan natural, después de las sensaciones que había despertado en ella que no se molestó en sentir vergüenza ni aprensión. Simplemente, curiosidad por saber qué nuevas chispas encendería en su cuerpo.
Lenta, muy lentamente, se deslizaba en ese lugar que jamás se había humedecido tanto, y sonrió con deleite al caer en la cuenta que era esa humedad la que le permitía resbalar, internándose en las profundidades de su ser.
Lenta, esa carne que palpitaba al ritmo de su corazón traspasó la barrera que la marcaba como doncella, tan lentamente que apenas sintió un pellizco de dolor antes de que sus músculos se expandieran para acogerle completamente. Suspiró de dicha al sentirse colmada. Y cuando quiso suspirar de nuevo su aliento quedó preso en la lengua que terminaba de llenarla, al igual que su cuerpo se rindió al peso que la apretaba contra el colchón y empujaba para abrir aún más sus piernas.
Dobló las rodillas en un acto instintivo, alzando las caderas al encuentro de la fuerza invisible que había llegado a ella en forma de lluvia dorada. Ese gesto le hundió aún más en ella, provocando un rayo de placer que la obligó a arquearse a su paso. Volvió a tocar un cuerpo firme, duro y tenso sobre ella y dejó que sus manos vagaran, recorriendo aquello que sentía como real, casi más que ella misma, y sin embargo debía ser mágico para que sus ojos no pudieran encontrarlo.
Apretó con fuerza el miembro invasor, chupando con la misma ansia como lo había hecho con su boca, buscando ese algo desconocido que prometía tan sólo con estar dentro. Sacudió las caderas, intentando obligarle a que la hiciera llegar a ese lugar que ya conocía, pero que aparentaba ser aún más auténtico, más veraz. Gruñó cuando se dio cuenta de que el cuerpo no hacía absolutamente nada, tan sólo respirar sobre ella, acariciarle los labios con la aspereza de su lengua y apretarse sin moverse en su interior. Ronroneó cuando se dio cuenta de que por más que se movía bajo él, no había nada que pudiera hacer ella sola para alcanzar la cima de sensaciones que anhelaba. Y sollozó al fin con una súplica, mordiéndole la boca, al sentir su vientre tenso, listo y preparado para explotar en una marea de dicha.
Fue entonces, cuando lenta, muy lentamente, la dulce y ansiada fricción la convirtió en una mujer ansiosa de sus caricias y su cuerpo.

Tuvo que detenerse, había tenido que hacerlo por miedo a derramarse en esa cálida estrechez desde la primera penetración. Sentirla aferrándose a su sexo como si chupara de él, casi le había llevado a la liberación más temprana. Cuando supo que podría moverse sin morir de dicha entre sus brazos fue cuando se retiró para volver a empujar en ella con la contención desatada.
Estaba tan mojada… tan preparada para lo que su cuerpo quería ofrecerle. Tan abierta y ansiosa porque invadiera su espacio más terreno y a la vez más divino. Entrar en ella era como hacerlo en un bizcocho esponjoso y caliente, bañado de licor de néctar, dulce y embriagador a partes iguales. La sentía extenderse a su alrededor, como la corola de una flor buscando el rocío de la mañana en primavera, para después atraparle entre la aterciopelada firmeza de sus pétalos rosados. Los tallos tiernos de sus piernas se enroscaban entorno a sus caderas como hiedra verde, las livianas hojas de sus pies acariciando el interior de sus muslos. Y él era el pájaro que la germinaba, su pico dorado penetrando en la dulzura de su cáliz, buscando el polen sagrado que da la vida.
Se hundía más y más en ella, notando la forma en que sus músculos separaban la piel de su miembro, empapando la carne que la llenaba con su flujo virginal. La gruesa cabeza tropezaba en su huida misteriosa con un saliente que parecía querer acoplarlo en su interior para siempre, pero que al chocar los hacía gemir a ambos, haciendo aún más grande su necesidad.
Bailaban juntos al son que imponía la naturaleza y sus propios cuerpos, sudorosos y jadeantes, ansiosos y trémulos. Cada lugar en el que se rozaban era tan sólo un punto más en el que el placer convergía para luego estirarse en una ola infinita.
Dánae hacía ya tiempo que había abandonado su pudor y se dejaba llevar por las acometidas gritando enloquecida, negando con la cabeza por ese placer mágico y doloroso a un tiempo, sacudiendo las caderas a un ritmo frenético que no aguantaría por más tiempo.
Y sucedió. Frunció el ceño con fuerza y abrió los labios en un grito silencioso que él tragó en su boca. Se estrechó aún más entorno a carne, oprimiéndole, como si la liberación empezara en él y sólo él pudiera traspasársela. Fue un ruego eficaz. Sintió cómo se le tensaban los riñones y dejaban escapar una corriente de dicha que atravesó su miembro y penetró en el cuerpo de la joven, que se dejó arrastrar en la marea de sensaciones.
Explotaron juntos, unidos por sus bocas y sus sexos, dejando que el placer fluyera entre ambos, en oleadas que empezaban en uno y terminaban en el otro. Salían al encuentro de cada golpe de dicha con una urgencia que rayaba con la locura, contorsionándose en una danza que parecía no tener fin.

Cuando Dánae despertó, ya era de día y el sol bañaba su cuerpo blanco cubierto por la lluvia dorada. Continuaba como él la había dejado, de espaldas, con los miembros laxos y las piernas abiertas, sus rizos todavía húmedos por el placer compartido.
Sonrió al recordar cada una de las maravillas que ese cuerpo invisible le había enseñado y se acarició el vientre, el lugar donde más sensaciones habían pulsado. Una voz grave y profunda daba órdenes en su oído, mientras ella pasaba las manos una y otra vez por debajo del ombligo.
«Destructor —susurraba una y otra vez—. Destructor.»
Nueve meses más tarde, su hijo se llamó Perseo, el nombre que su padre le había dado.

2 Regalos!!

Quiero agradecerle a Iris, por estos dos regalitos que me dejó en su blog Alas para Volar. Muchas gracias por acordarte siempre de mí.

La rabia es que creo que la mayor parte de todos mis Buenos lugares ya tienen este premio, así que se lo quiero regalar a todos y cada uno de ellos (nuevamente XD). Aunque no se lo lleven, que sepan que lo tienen, de corazón.

Leyendo... y Creando...

LEYENDO...

Y CREANDO...

5º y último capítulo de Dánae (con paciencia, que la lectura me tiene absorbida)
Borrador de Noche de Tamán (ya lo tengo, ya lo tengo, ya queda poquito!!!)

Histeria nacida de la más profunda desesperación


Un año ya sin trabajar.
No es que el hecho en sí me preocupe. Yo en mi casa estoy muy a gusto y busco todas las maneras posibles de entretenerme; con éxito, debo añadir. De hecho, he aprovechado para sacarme el título de TCP. Tripulante de Cabina de Pasajeros, para los entendidos; Azafata de vuelo para el común de los mortales; Camareras del Aire para los cínicos que de todo tienen que hacer un chiste.
Decidí seguir el consejo de personas muy cercanas mí – mi novio y mi madre parecieron ponerse de acuerdo –, y empecé a pensar que tal vez era verdad eso de que no tenía que conformarme con poco, que yo valía para mucho mas. Debería haberme conformado entonces con intentar salir en los anuncios de L’Oreal.
Cuatro meses después de sacarme el preciado título – a un módico precio que podríamos llamar “verdadero pastón” y que ha vaciado considerable las exiguas arcas de mis padres –, y con dos meses de curso superintensivo de inglés – que las han descargado todavía más -, me pregunto QUÉ DIABLOS ESTOY HACIENDO CON MI VIDA.
La verdad es que tres intentos fallidos – muy pero que muy fallidos –, de búsqueda de trabajo, están a punto de hacer que sumerja en el pozo más negro de cruda realidad en el que me visto jamás. Sólo de pensar en el gripazo que voy a tener en el momento en que mis músculos se relajen lo suficiente como para que algún virus pueda hacer efecto en mi organismo, empiezo a temblar. Es más, ya estoy preparando los libros en mi mesilla para cuando eso suceda.
El caso es que no sé qué se piensa la gente – y con esto me refiero a los empresarios y los departamentos de Recursos Humanos – que estamos dispuestos los jóvenes a tolerar, crisis o no crisis.
Vale que en mi curriculo ponga que dispongo de “movilidad geográfica”, vale. Pero eso se supone que será cuando haya firmado un contrato y un sueldo empiece a engordar mi cuenta. No se refiere a que me llamen a las 6 de la tarde de hoy y me digan que tengo que ir a una entrevista de trabajo mañana por la mañana a Barcelona (desde Madrid que es donde vivo), viajes y hoteles pagados con MI dinero.
Pero bueno, estos por lo menos se quedaban en la península, recuerdo otros que me dijeron que tenía que irme a Londres para hacer un curso – como el que ya había hecho y pagado y con el que conseguí mi título oficial expedido por el Ministerio de Fomento y válido para toda Europa, supuestamente –. El cursito duraba nada más y nada menos que un mes, en el que yo tendría que vivir del aire – y para el trabajo –, y del que luego me descontarían el precio en las primeras nóminas.
¡Por Dios, que alguien me pegue un tiro!
Debí quedarme con la primera opción, esa en la que me mandaban a trabajar a Oriente Medio por un pastón y en el que tan sólo me pedían que ofreciera todo mi tiempo y mi vida a su servicio. ¿A quién le importa que no hubiera podido casarme con mi novio en mínimo tres años? ¿Qué problema hay por tener que fichar en casa a las 22 horas? ¿Quién se preocuparía porque, si mi familia viniera a verme, mi padre, hermano y novio tuvieran que irse a dormir en un hotel porque yo soy mujer?
Este es el momento en el que vuelvo a preguntar, y por favor que alguien me dé una respuesta, ¿QUÉ COÑO ESTOY HACIENDO CON MI VIDA?
Yo soy una mujer sencilla, nada ambiciosa, que solo aspira a vivir tranquila y a escribir en su tiempo libre – hasta que por fin pueda hacerlo durante todo el tiempo que quiera –. No aspiro a ganar el pastón del siglo, con que me dé para vivir tengo suficiente. Pero es que cada día que pasa parece que tenemos que pedir permiso hasta para cobrar – la basura que se cobra habitualmente –, como si no demostráramos con nuestro trabajo que nos lo merecemos. Y sí, al que no se lo merezca, que lo echen a la calle. Pero que no me pidan que dé mi vida por cuatro duros cuando hay cuatro peces gordos que se tocan la barriga a dos manos y se llevan el oro y el moro. O cuando mi puesto de trabajo está ocupado por sobrinos de…, hijos de tal…, la que le come la… a… Y que no se me quejen los mileuristas que ya me habría gustado a mí serlo en mis tiempos de empleada “feliz”.
Llevo dos semanas con un tic en el ojo, tengo la cara cubierta de un caso grave de erupción acneica que ni en mis tiempos de adolescente, no tengo ni hambre ni sueño y viniendo de mí es una confesión de peso y no puedo ni echar un jodío polvo porque de la histeria que tengo encima estoy más seca que el Sáhara en sequía.
Estoy perdida en esta vida que nos fuerza a querer más y más y a tener menos y cada vez menos. Quiero encontrar mi lugar de una vez. Y creo que ya va siendo hora, ¿no?