Cuando...


"Cuando un número importante de personas cambia su modo de pensar y de comportarse,
la cultura lo hace también, y una nueva era comienza"

Jean Shinoda Bolen

V. El Horizonte (III)


Aquella noche, el pudor hizo que todos los dioses apartásemos la mirada. Pero nuestros rostros brillaban de alegría y las sonrisas asomaban a nuestros labios. El Cielo y la Tierra al fin se habían unido en nuestros protegidos humanos. Por fin el equilibrio volvería a reinar en nuestros mundos. Llevaría su tiempo. No sería cuestión de décadas, ni de siglos. Tal vez de eones.


Las deidades se retiraban a descansar, en sus templos. Yo me quedé sentada en el lado oculto de la picuda luna creciente, deleitándome con la tibia noche, jugando con el manto de estrellas luminosas. Siempre mirando hacia arriba, nunca hacia los dominios que no eran míos.

Pero unos pasos en la tierra me hicieron volverme. Daron, el del puño de acero, aquel al que me enfrentaban años de lucha silenciosa, caminaba por los túmulos observando que su reino descansara en paz. Era una imagen inquietante, la de un guerrero contento por la paz, velando por el sueño de sus protegidos como un padre que cuida de sus hijos.

Me asomé aún más, sorprendida por verle al fin sin armadura, con el cuerpo de un guerrero, intimidante y a la vez… Se detuvo un instante y alzó la vista hacia la luna, hacia mí, con una sonrisa perversa y arrebatadora. Yo no había hecho ningún ruido, ¿qué me había delatado? Quizá el brillo cegador de la luna, a la que mis sentimientos habían dotado de un halo sobrenatural.

—No me espíes, Eala, y da la cara —su voz dura resonó en mi cabeza—. Sé que estás ahí.

Me levanté, todavía en la parte oculta del astro, pero visible para los ojos de un dios.

—¿No bajarás a agradecerme que haya salvado a tu sierva? —preguntó burlón

—No pondría un pie voluntariamente en tu Tierra, Daron —respondí directamente en su mente.

El se rió, con carcajadas silenciosas para no perturbar los sueños de su gente. Pero yo pude ver cómo su amplio pecho saltaba por el esfuerzo. Se encogió de hombros y sacudió la cabeza en mi dirección.

—Las castas han terminado su guerra —empezó con una suavidad impropia de él—. Los humanos han utilizado el don del Cielo para razonar y perdonar antiguas rencillas. Y sin embargo una diosa de la sabiduría es incapaz de dejar a un lado su arrogancia, a pesar de que un dios de la Tierra está dispuesto a hacer caso omiso del pasado. ¿En qué lugar te deja eso? —preguntó con dureza.

Lo peor de todo era que tenía razón. Agaché la cabeza al fin, dándome por vencida, sabiendo que cualquier enfrentamiento entre ambos perjudicaría al mundo entero.

—Está bien —me rendí—. Tú ganas. Me reuniré contigo. Sólo dime dónde.

Oí su mente enfrentada por la necesidad de la humillación al vencido. Podría hacerme bajar a ese mismo lugar donde él estaba de pie, sabiendo que tendría que obedecerle y que nada me dolería más. Pero triunfó el silencio y la calma, y volvió a alzar los ojos hacia mí, con un brillo de ternura que yo nunca había visto en ellos.

—Hay un sitio, lejos de aquí, dónde la Tierra y el Cielo se unen, pero no hay Tierra ni hay Cielo.

¿Sería cierto? ¿Existiría ese lugar donde uno no ostentara mayor poder que el otro, sino que pudiéramos tratarnos por fin como iguales?

—¿Y qué sitio es ese? —pregunté con curiosidad.

—El Horizonte, Eala. Los humanos llaman a ese lugar el Horizonte.

Hacia allí dirigimos nuestros pasos. Era el momento de enmendar los errores del pasado. Y poder así construir un futuro mejor.


— FIN —

V. El Horizonte (II)


La choza estaba apartada del poblado, junto al lecho de un arroyuelo tempestuoso que se embravecía aún más al pasar sobre las piedras de las orillas. Servía para darle un toque bucólico al paisaje que se observaba desde la ventana, pero también para recordarme a la sacerdotisa de carácter indomable que viviría conmigo a partir de ese día como una esclava.


Era consciente de la furia de Ilya. ¿Justificada o no? Cuestión de opiniones. Se mostraba dócil, sentada en el banco de madera, observando las llamas que bailaban en el hogar. Pero yo no me dejaba engañar. La conocía demasiado bien y había podido ver la mirada de odio en su hermoso rostro. Me habría gustado provocarla para que liberase su ira. Sin embargo, callé. Seis años de silencio pesaban en nuestro ánimo. Y no encontraba forma de romperlo.

Tomé un leño de encina y lo arrojé al hogar con descuido. Las llamas chisporrotearon y la mujer se asustó al salir de su ensimismamiento. Mis ojos se fijaron en su mano, apoyada su pecho como intentando calmar el frenético latido de su corazón.

—Lo siento —me disculpé torpemente.

—Seguro que sí —susurró ella sarcástica.

Fruncí el ceño y apreté los dientes con fuerza. ¿Sería posible que no hubiese cambiado absolutamente nada? Ni siquiera a ella la creía capaz de tanto. Mi temperamento se inflamó y quise vengarme de ella como no había sido capaz de hacerlo en los túmulos.

—Por cierto, no hace falta que me des las gracias por salvarte la vida – expuse con acritud.

Ella se volvió hacia mí con la respiración agitada.

—Creo que recordar que eso fue después de que yo salvara la tuya —replicó Ilya conteniendo su ira—. Y viniste a mí para matarme, en primer lugar. ¡No te debo nada!

Arrojé con fuerza la camisa que acababa de quitarme y no pude contenerme más tiempo. La agarré para levantarla con rudeza, sacudiéndola a placer, enviando mechones rojizos a su rostro congestionado.

—¿Nada? ¿No me debes nada? ¿Seis años de exilio te parecen poco?

Probablemente dejaría marcas en su blanca piel de tan fuerte la apretaba, pero no me importaba. Quería hacerle daño. Que sufriera lo que yo había sufrido cada vez que pensaba en ella y en Krymaria todos los años que pasé alejado de ambas.

—Tu mentira me condenó a la peor de las deshonras —la sacudí por última vez y la empujé hacia la pared de madera sin importarme que se golpeara—. Créeme, no hay castigo que pueda saciar mi sed de venganza.

No pensé que ella llegara a amilanarse ante mi estallido.

—Así que extrañabas tu hogar, ¿eh? —se burló—. Oí a la mujer aquella noche, Darien. Pensabas traicionarnos.

—Oíste las esperanzas de una prostituta, nunca una promesa de mi boca.

—¡Oh, desde luego! Bien ocupada la tenías.

Ella misma se dio cuenta de su error nada mas pronunciar las palabras. Cerró los labios con fuerza, hasta convertirlos en una delgada línea. Pero sus ojos seguían condenándome. Nos miramos hasta que el silencio empezó a hacerse insoportable.

—No podía apartarte de mi mente, Ilya —reconocí al fin con un susurro, sintiéndome como un idiota mientras abría mi corazón a la mujer que me había traicionado—. Ni siquiera cuando la tenía entre mis brazos.

Un sollozo se escapó de sus labios y tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no correr a abrazarla.

—¿Y por qué no viniste a mí aquella noche?

Una lágrima se deslizó silenciosa por su mejilla. Alcé una mano para secarla, pero pronto empezaron a caer más.

—¿A un día de tu consagración a la diosa? —resoplé sin ira—. ¿Después que me dijiste que otros te habían besado mejor?

—Sólo había probado tus labios.

—¿Y por qué me mentiste?

Se volvió con un gemido, escondiendo el rostro empapado entre sus manos. Su voz se escapó ahogada.

—¿A un día de mi consagración, cómo decirte que te amaba?

La confesión me golpeó con fuerza en el pecho, anudando mi corazón con sus palabras, deseando no creer, pero creyendo.

Seis años…

Tanto tiempo perdido por miedo y orgullo. Dos almas rotas por testarudez y una guerra que no nos concernía. Guerreros y Sacerdotisas. Sacerdotisas y Guerreros. Castas enfrentadas. ¿A cuántos más les había ocurrido lo mismo?

Sus hombros se sacudían por la fuerza de los sollozos y esta vez sí me acerqué. La rodeé con mis brazos con ternura, como tantas veces había deseado hacer. Como tantas veces ella quiso que lo hiciera. Apoyé la mejilla en su pelo rojo, cerrando los ojos, abrazándola con fuerza. Envolviéndola con mi cuerpo, jurando amarla y protegerla con mi piel. Jurando en mi cabeza, todo lo que aún no me atrevía a pronunciar en voz alta.

Ilya se volvió para apretarse contra mí. Alzó sus labios hacia los míos. Y nuestras mudas promesas se sellaron con un beso.

V. El Horizonte (I)


La batalla por fin había terminado. La vida de Darien estaba a salvo y, sorprendentemente, la mía también. Los Perros habían sido eliminados o bien los habían obligado a huir. Por un momento pensé que Darien haría lo mismo, pero se limitó a cogerme suavemente de la mano y esperar su destino.


El rey no tardó en aparecer, vestido con su armadura completa y un yelmo capaz de aterrorizar a los salvajes más desalmados. Se dirigía a mi guardián con pasos largos y yo no sabía qué expresión mostraba su rostro oculto. Rogaba al cielo que se sintiera compasivo después de la victoria. Darien debía morir por haber vuelto al poblado; así lo habían decretado las leyes sacerdotales que lo habían expulsado. Ahora, un guerrero gobernaba en Krymaria, y yo esperaba que fuera misericordioso con un hermano de su casta. Con un amigo.

—¿Dónde está?

Su pregunta fue un rugido y no pude evitar encogerme de miedo. Los rasgos de mi guerrero apenas se alteraron. Esta vez no le dejaría solo, ni volvería a traicionarle. Di un paso al frente, intentando protegerle con mi cuerpo menudo. Pero él no me permitió ese gesto, y suavemente, me obligó a colocarme junto a él, quizá un paso más atrás.

—Maldito lobo sarnoso —gruñó el rey a tan solo unos pasos—. ¿Cómo se te ocurrió venir con esa horda de Perros?

Mis entrañas se retorcieron ante ese tono iracundo. Volví a dar un paso al frente, pero Darien frenó mi avance con un brazo y contestó sin amilanarse:

—Ellos abrieron las puertas y no pude evitar entrar, señor —una sonrisa bailó en las comisuras de sus labios—. Después de todo, hubo un tiempo en que este fue mi hogar.

Multitud de guerreros nos rodeaban a esas alturas; algunos asombrados, otros con la típica expresión del combatiente, dura y amenazadora, que no ayudaba a mitigar mi temor.

El rey se quitó el yelmo infernal con rudeza, sorprendiendo a todos con una sonrisa de júbilo. Sobre todo al exiliado, que no se esperaba esa sorpresa.

—Bienvenido a casa, Darien.

Y le envolvió en un abrazo de oso que fue coreado por todos los presentes. Malakai Calpin, el mejor amigo de Darien, nuevo rey de Krymaria. Mi antiguo Tabarie no había esperado un recibimiento como aquel.

Lágrimas de alivio inundaron mis ojos, pero no las liberé. No lo haría mientras todas las miradas convergieran en nosotros. Pero sí sonreí y me volví para alejarme a la seguridad de mi habitación, dónde podría rendirme a la fuerza de mis emociones.

—Un momento, jovencita.

Una ruda mano en mi hombro me obligó a volverme. Era Malakai, que no ocultaba su reprobación hacia mi persona. Nunca había conseguido liberarse de su odio hacia las sacerdotisas. Y la poca simpatía que me tenía había desaparecido del todo al ver a su amigo alejarse de Krymaria tanto tiempo atrás.

—Sé que Darien es inocente de la traición de la que le acusaron hace seis años —sus ojos me atravesaron más profundo que si me hubiera clavado una espada—. También sé que fuiste tú quién le acusó.

Gritos de furia inundaron el claro, y algunos insultos dirigidos a mi persona se elevaron altos, hacia el cielo. Yo me estremecí cuando unas manos fuertes como el acero apresaron mis brazos obligándome a arrodillarme frente al rey. No pude ni siquiera levantar la mirada hacia mi antiguo guardián, mucho menos enfrentar la ira de los demás guerreros.

—Debería expulsarte de Krymaria como hicieron con Darien mis predecesores —continuó Malakai—, pero me resulta un castigo demasiado blando para una perra mentirosa como tú. No mereces seguir con vida.

Oí cómo desenvainaba a Roona, la Espada de Sangre, el arma más letal que un rey jamás hubiera portado. Por segunda vez ese día, el filo del acero acarició la piel de mi garganta, sólo que esta vez se clavó con más fuerza y sentí resbalar la sangre entre mis pechos. Alcé la mirada para clavar mis pupilas en el rostro de Darien. Él sujetaba con fuerza el brazo del rey.

—No, mi señor. Ese sigue siendo un final piadoso.

«No más del que pensabas darme tú» pensé con ira. ¿Para esto me había salvado de los Perros? ¿Para insultarme frente a toda su gente?

Me miró, con esos ojos que siempre me habían hecho arder, sólo que esta vez, el fuego que recorría mis venas, era avivado por la furia.

—Dejádmela a mí —su sonrisa se hizo cruel. Apenas presté atención a que la crueldad no era lo que iluminaba sus pupilas cuando continuó—: Permitidme que yo mismo la haga pagar su traición.

Las carcajadas del rey ensordecieron mis oídos, de la misma forma que la ira.

—Así sea, Darien. ¿Quién mejor que tú para castigarla? —volvió a reír—. Su habitación en la fortaleza ahora es tuya.

—Preferiría una cabaña apartada, dónde las sacerdotisas no puedan oír sus gritos.

Nuevas risas brotaron de los pechos de los presentes, menos de las aludidas, que miraban al rey con odio.

—La que tú desees. Y no temas, nadie de su casta sentirá deseos de ayudarla a partir de hoy.

De esa forma, se selló mi destino.

IV.Añoranzas y Recuerdos (III)


¿Por qué después de tantos años planeando mi venganza, mis brazos se negaban a bajar el arma? ¿Por qué después de haberme traicionado mi corazón sangraba por su muerte? ¿Por qué sus labios me tentaban más que a Mordha su cuello?


Preguntas sin respuesta… O con una respuesta que me negaba a escuchar.

—Amigo, estamos esperando.

Me volví hacia la voz. Media docena de Perros, con las espadas desenvainadas, esperaban ansiosos ver lo que hacía con la mujer. Imposible averiguar cuál de ellos había hablado. Pero podía suponer perfectamente lo que tramaban sus mentes tortuosas. Se reflejaba en sus rostros sádicos y lujuriosos.

La sacerdotisa había alzado la cabeza y me miraba suplicante. «Si he de morir, que sea por tu espada» me rogaban sus ojos. Llené mi pecho de aire un par de veces, antes de contestar, conteniendo la ira.

—La mujer es mía.

«¿Por qué?» me dije.

Noté cómo Ilya se levantaba y se tapaba con mi cuerpo. Ni siquiera me rozó. Todavía no estaba segura de si lo que quería era matarla o protegerla. Sinceramente, yo tampoco lo sabía.

—Si vas a matarla, podrías dejárnosla antes… No tardaríamos mucho.

La cabeza del hombre rodó colina abajo, rebotando contra las piedras que salpicaban el paisaje. Su cuerpo se desplomó lanzando por el cuello un chorro de sangre, la misma que manchaba mi espada sedienta. La empuñé con las dos manos y la dirigí al cuello del siguiente Perro.

—He dicho que es mía —miré sus ojos negros, vidriosos por el embriagador aroma de la muerte—. ¿Alguna otra objeción?

Lentamente agitaron las espadas. Ellos eran cinco y yo solamente uno. Era de esperar su reacción. Me lancé en su dirección antes de que se prepararan para mi ataque. Uno, por lo menos, no fue lo suficientemente rápido para detenerme. Hundí a Mordha en su pecho y de una patada la liberé. Giré la cabeza apenas para enfocar a Ilya, que parecía no dar crédito a lo que veía.

—¡Corre! —grité antes de decapitar al Perro que corría hacia mí.

Su rostro continuaba en mi mente mientras cortaba gargantas y dejaba miembros esparcidos a mi paso. Los atacantes del poblado, viendo mi traición, subían la colina escarpada para combatirme. Y yo los mataba. Uno a uno sin ver siquiera sus caras. Rezando a los dioses que me habían abandonado que guardaran a la mujer que había dejado en los túmulos.

El filo del acero me rozó en la pierna y me hizo caer. Rodé hasta una piedra que golpeó mi espalda, casi dejándome sin aliento. Uno de los hombres con los que había llegado al poblado se irguió frente a mí, espada en mano, sonriente. La hoja de una daga le atravesó la nuca, saliendo por su garganta. Y al desplomarse pude ver a la persona que me había salvado.

Ilya se agachó junto a mí, que no podía dejar de mirar la sangre que manchaba sus manos y su vestido. Sangre que había derramado para protegerme. Me ayudó a ponerme en pie, mientras empuñaba la espada del Perro caído. Agarré su brazo y la atraje hacia mi cuerpo, interrogándola con los ojos.

—Ya te traicioné una vez —explicó con seriedad, rozándome la mejilla con los dedos suaves—. No pienso volver a hacerlo.

Y se ubicó a mi lado, cubriendo mi flanco débil, empuñando el acero por primera vez en su vida. Dispuesta a cumplir su palabra.

IV. Añoranzas y Recuerdos (II)


El cuarto año como renegado no me fue mucho mejor que los anteriores. Me encontraba en un estado de ansiedad continua que no me dejaba ni comer ni dormir. No sólo había perdido peso, sino también fuerza y entendimiento. Las voces de los Perros a mi alrededor se volvían vagas y remotas; tampoco es que tuviera la mayor importancia. No había llegado a aprender su significado, nadie se había molestado en enseñármelo. Por suerte, el lenguaje de la espada era universal y yo era diestro haciendo correr la sangre.


En mi primer enfrentamiento, quizá diez segundos después de llegar al campamento de renegados, había establecido la pauta que gobernaría mis días a partir de aquel momento. No buscaba amigos. No quería ayuda. Tan sólo un lugar en el que refugiarme en caso de batalla. Yo correspondería a esta especie de hospitalidad luchando junto a los demás hombres si llegaba una partida contra el campamento. Pero hasta que ese momento llegara, nadie se acercaría a mí bajo ningún concepto, de esa forma no habría una muerte más ligada a mi persona. Dos ya me pesaban en la conciencia y eso que todavía mi espada no se había manchado con la sangre de la segunda.

Los días se sucedían con monótona similitud. Sobrevivir. Esa era la única obligación a la que estaba atado. Pero la supervivencia en un mundo tan hostil era difícil para alguien no acostumbrado a ella. Dormir en el suelo sobre una pila de harapos mal dispuestos era incómodo, pero no imposible de superar. Salir de caza a diario para poder llevarme algo a la boca llegó a resultarme una distracción interesante. Incluso acostumbrarme a estar siempre alerta, aprendiendo a hacer caso a mi instinto oxidado de presa-depredador, fue algo soportable.

El miedo era horrible. Aunque no fuera el mío.

Hacía muchos siglos que nadie había sido exiliado de la fortaleza, pero su recuerdo todavía perduraba en la memoria de la gente que sin embargo no guardaba tradiciones ni leyes. Darme cuenta de que esas personas me temían, gente acostumbrada a los pillajes, los saqueos y las violaciones, acostumbrada a matar por un pedazo de pan, por una simple mirada que no había sido de su agrado, me resultó de lo más perturbador. La cautela en sus movimientos, el pánico en sus ojos, me hacían sentir el ser más depravado sobre la faz de la Tierra.

Y no era lo peor.

Los recuerdos de Ilya me acosaban a cada momento y el odio que se clavaba en mis entrañas como una daga al rojo no era lo suficientemente fuerte. Debería detestarla. Quería aborrecerla. Pero en mi interior siempre comparaba a las pocas mujeres que se atrevían a exponerse a mi mirada con la zorra de ojos verdes que había arruinado mi vida. Sus cabellos siempre eran más rojos, su piel más suave y su voz más clara. Aunque bellezas conquistadas de los rincones más remotos de la Tierra consintieran en yacer junto a mí, era el nombre de mi Tabaria el que me golpeaba en el pecho con cada jadeo de vacua satisfacción. ¿Por qué, por todos los diablos, seguía pensando en ella como mi Tabaria y no como mi peor enemiga?

Y según pasaban los años era peor. Su rostro empezaba a perderse en la niebla de un recuerdo borroso. Al igual que mi sed de venganza. No soportaba la idea de cerrar los ojos para despertar al mundo sin un objetivo claro. Mi única meta era cerrar el ciclo de penurias, acabando con la persona que me había desterrado al infierno. Eso era lo que me mantenía vivo. Eso era lo que me hacía sobrevivir. ¿Qué sucedería si la meta por la que respiraba cada día perdía fuerza? ¿Me dejaría llevar por el tedio y la violencia, y moriría rodeado de enemigos que ni siquiera se molestarían en luchar por mis escasos bienes? No sin ver su rostro una vez más. Una única vez…

Muchos ciclos después, demasiados, mis plegarias obtuvieron respuesta. El campamento se levantaba para marchar a la batalla y Krymaria volvía a ser el objetivo. Tenía una caminata de trece días para regocijarme por adelantado con los hechos que dentro de poco enderezarían mi vida. Volvía a casa, a Ilya. Ella me estaría esperando. Curiosamente, intuir el miedo en sus ojos fue aún más horrible que verlo a diario en el campamento. Así que decidí concentrarme en imaginar su vida escurriéndose, goteando por el acero de mi espada.

IV. Añoranzas y Recuerdos (I)


La ceremonia de consagración a la diosa Eala llegaba a su fin. Yo la había seguido escondida entre las sombras de las columnas, preguntándome cuántas de las jóvenes que esperaban en el banco sagrado cumplirían con su deber de sacerdotisas en lugar de con sus deseos. Desde luego, no la Suma Sacerdotisa Moren, que continuaba con la exhortación final.


—… Una diosa contenta es una diosa benévola —gritaba en ese momento con los brazos extendidos hacia el cielo—. Y la diosa reirá dichosa cuando vea su templo refulgir como el oro, brillar como la plata…

No pude evitar una sonrisa al ver que la correctísima Mailee alzaba los ojos al cielo y fruncía el ceño ante las palabras de la sacerdotisa, que prometía una larga vida a todos los que regalaran sus bienes a la diosa. Había estado observando a las muchachas desde que entraron con sus túnicas de novicias. Casi todas habían sonreído nerviosas en sus asientos, piadosas en sus expresiones y gestos. Horas después el cansancio hacía mella. Este era el momento de descubrir quién sería buena en su cometido y quién se dedicaría a los lujos que acarreaba su cargo.

Mailee me intrigaba. Continuaba en la misma posición desde que la ceremonia empezara, sin expresión en el rostro y sin apenas hacer movimientos. Tan solo el desliz de hacía un momento y que apenas se había notado. Nimia, sin embargo, me daba lástima. Se removía incómoda en el banco, retorciéndose los dedos en posiciones imposibles. Al principio había llegado a pensar que era porque necesitaba aliviarse; pero al notar la palidez de su rostro cuando miraba la efigie de la diosa sobre el altar y la añoranza de sus ojos cuando giraba la cabeza hacia los espectadores, empecé a replantearme esa sensación.

Oona me enternecía. La forma en que observaba arrobada a Moren, asintiendo a sus frases sobre el sacrificio personal y material, sonriendo cada vez que repetía lo sagrado de su misión en la Tierra, conseguía que volviera a creer en el espíritu de la casta sacerdotal. Esperaba sinceramente que la religiosidad que brillaba en su sonrisa no se esfumara con el paso de los años como había pasado con tantas otras. Incluida la mía.

Surin y Tarja conseguían que la ira aflorase en mi interior. Sobre todo Tarja. Su peinado era del todo inapropiado para la ocasión, así como sus aderezos. Una sacerdotisa debía ser piadosa y humilde y todo en ella brillaba; desde los polvos dorados de sus ojos y las piedras preciosas en su tocado, hasta las sandalias bordadas en hilo de oro. Observaba a Surin con superioridad, como riéndose del miedo de la mujer. También ella me provocaba enfado. Una sacerdotisa debía ser humilde, pero en ningún caso cobarde. Y la muchacha se encogía en el asiento, sin levantar la mirada del suelo, apretándose las manos y escondiendo los pies bajo el banco.

Pero la que realmente conseguía conmover mi corazón era Sianne. Desde que empezó la ceremonia, sus ojos brillaban con las lágrimas contenidas y cada dos por tres sus labios temblaban hasta que la joven tenía que mordérselos para no estallar en sollozos. Sus pupilas no se apartaban de la figura de un hombre en la grada. Ambos se observaban con tristeza y un amor que no podían ocultar aunque lo intentaran. Y no lo hacían. Desafiaban a los presentes a alzar la voz contra ellos.

Nunca se oyó una sola palabra al respecto. Nadie podría condenar un lazo tan puro.

Y yo me preguntaba qué clase de religión era aquella que clamaba por el amor al prójimo y negaba a dos amantes la posibilidad de estar juntos.

La Suma Sacerdotisa calló y los pétalos rosados empezaron a caer del cielo, envolviéndonos a todos y acariciándonos con su suavidad etérea. La diosa Eala daba su beneplácito a las muchachas consagradas, como siempre. Mientras me volvía para salir del templo la maldije una y otra vez, sin poder olvidar la expresión atormentada de la nueva sacerdotisa. Intentando apartar de mi mente y pecho el dolor que había sentido yo al consagrarme a la diosa.

III. Orgullo y Traición (III)


Yacía tumbada boca abajo en la cama, con el rostro escondido entre sus brazos y todo su cuerpo estremeciéndose por los sollozos. No solía inmiscuirme en los asuntos de mis sacerdotisas, pero no era normal que Ilya se dejara llevar de aquella forma por las emociones. Algo malo había sucedido en el mundo de los hombres y yo tenía que saber el qué. La respuesta me dejó helada.


Al parecer, Darien y ella habían compartido un beso, un único beso que los había hecho cambiar a ambos. El guerrero ya no pasaba las noches en su jergón, en la habitación contigua a la de Ilya. Por las mañanas al despertarse, le oía lavarse, intentando quitarse el olor de la cerveza rancia y el perfume barato de las prostitutas del río. Notaba sus miradas furtivas, enrojecidas y ojerosas por la falta de sueño. Pero habían dejado de ser amables y ardientes. Un velo de ira y desprecio parecía cubrir sus antaño hermosos ojos grises. Sus palabras duras y filosas la herían profundamente, impidiéndole pensar en la consagración, centrando su mente y las necesidades de su cuerpo inexperto en él y sólo en él.

Podrían haber sido pensamientos típicos de una adolescente que había perdido a su mejor amigo. Si sólo hubiera sido eso, no le habría dado la mayor importancia. Desgraciadamente, sus sentimientos no se movían en esa línea segura y casta.

El guerrero la habría herido profundamente, y también la había tentado. Durante ese mes, en las horas más oscuras de la noche, había esperado que Darien acudiera a su lecho para poder probar de nuevo la esencia agridulce de su boca, que la había despojado de su marca, la marca de los dioses. Otra mucho más profunda se había ido grabando poco a poco en su corazón, llenándola de inquietud por la aparente frialdad del hombre y de vergüenza por lo impropio de sus deseos.

Y en ese momento, a tan sólo unas horas de su consagración, apenas dedicaba un pensamiento a su gran día. Tan sólo podía especular acerca del paradero de su Tabarie. Podía oír las preguntas resonando una y otra vez en su mente. “¿Dónde se ha metido? ¿Estará solo? ¿Alguna mujer estará bebiendo de su boca como hice yo tan solo unos días atrás?”

La ira que pretendía que se aplacase observando a la que debería ser mi sierva abnegada resurgió con violencia al darme cuenta de que mi culto, en realidad, nunca había sido su prioridad absoluta. ¡Niña tonta!

La vi apartar las mantas ahogando un gemido de frustración. Se levantó con prisa y empezó a vestirse de forma descuidada, con una túnica de terciopelo verde que la protegería de la fría brisa primaveral.

Se escabulló de la fortaleza como un ladrón, escondida entre las sombras, y llegó al pueblo bajo que bullía de actividad. Las fiestas de la recolección. Ni siquiera me había acordado de ellas. Lambia estaría causando estragos entre los jóvenes de Krymaria, incitando a la cópula y el desenfreno. Las hogueras se sucedían cada pocos metros y a su alrededor la gente bebía y cantaba con total abandono. Ese día se terminaba el período de Regeneración y comenzaba el de Oración, dedicado a mi persona. ¡Y qué falta les hacía a aquellos desvergonzados!

Habría dejado de observar semejante afrenta al decoro, si Ilya no se hubiera tensado como una vara seca, a punto de partirse ante el más leve soplo de viento. Sus ojos estaban fijos en Darien, que se apartaba de la multitud de la mano de una hermosa joven, en dirección a una choza apartada y algo desvencijada.

La futura sacerdotisa los siguió, manteniéndose en las sombras, y se agachó bajo el hueco de una ventana a la que le faltaba una hoja de madera. Se mordía los labios con fuerza, para contener las lágrimas que brillaban entre sus pestañas. Se apretaba los dedos con fuerza, torciéndolos de forma imposible en su regazo. Yo podía oír los suspiros y jadeos que se escapaban de la habitación en semipenumbra, apenas iluminada por los fuegos de Lambia. Y empecé a sentir piedad por Ilya y ese futuro al que aspiraba y yo no podía darle todavía.

—Prométeme que cuando casta sacerdotal caiga y te libres de tu Tabaria me mandarás llamar a tu lado —oí que decía la mujer entre gemidos.

A punto estuve de resoplar por semejante absurdo. ¡Pobre ilusa! Casi pude sentir la risa irónica que el guerrero tuvo el buen tino de esconder. Darien sabía la verdad en su interior: su Il-Tabari no se rompería jamás. El vínculo que le unía a Ilya iría más allá de la consagración. El había sido creado para protegerla porque ella tomaría las riendas de Krymaria llegado el momento, con Darien a su lado. Era una unión que llevaba planeando desde hacía siglos. La conjunción definitiva entre las castas de los hombres. El momento en que las grietas en los muros de Krymaria se cerrarían al fin, y sanaría la enfermedad que la amenazaba como una plaga. Pero todavía no había llegado el momento.

Ilya, sin embargo, no veía esa verdad. En sus ojos se reflejaba el horror de una traición. Se había levantado y aferraba la madera podrida del alfeizar, para poder tener una imagen clara de lo que sucedía en el interior. Su rostro se descompuso, volviéndose pálido como la cera, los labios apretados en una fina mueca de profundo desprecio. Al ver el brillo verde de la venganza en sus ojos, empecé a temblar en la solitaria escribanía. Pero fue la respuesta de Darien, un «por supuesto» que realmente no le comprometía a nada, la que me hizo temer por la unión de las castas.

Ilya empezó a correr casi al instante. Por un momento sus pasos erráticos me confundieron y no sabía si se dirigía al pueblo, a la fortaleza o a los acantilados. A medio camino se detuvo para vomitar la cena ligera que había ingerido. La vi limpiar la humedad de su rostro y alzar la cabeza al cielo, dejando que la lluvia tardía se mezclara con las lágrimas que caían de sus ojos. Podría haber sentido lástima por su desolación si no me hubiera paralizado de miedo al verla.

Esos ojos verdes que solían brillar con la chispa de la picardía o la diversión se habían opacado, hasta parecer casi negros. Y es que era el velo de la venganza y la muerte el que ahora los cubría. Lo que para mí solo había sido una frase estúpida susurrada en un momento de pasión, para Ilya significaba los principios de una conspiración. Sus sentimientos maltratados inflamaban aún más esa creencia alarmista.

La seguí sin moverme del cielo hasta la puerta de Melite. Eso me dolió. Su deber era presentarse ante Moren, mi servidora, sobre la que habría podido influir.

—Vengo a denunciar una traición —dijo Ilya con la voz firme.

Cerré los ojos y aparté mis oídos. Daron tenía razón. Mi culto no traía felicidad, sino odios y rencores. Mis leyes se habían quedado obsoletas a pesar de que era yo la que cada cierto tiempo actualizaba la historia de los dioses. Y ahora tenía que ser testigo de como todo el trabajo de siglos se desmoronaba por culpa de una de mis sacerdotisas. Por mi culpa.



Al día siguiente, no hubo consagración. Se llevaron a cabo una ejecución y un destierro. La prostituta no tuvo ocasión de volver a soñar con Darien, y éste seguía atónito el proceso de su caída. Se le perdonó la vida por los servicios que había prestado al pueblo de Krymaria, pero se le prohibió bajo pena de muerte poner de nuevo los pies en el poblado.

Yo no perdí detalle de lo que aconteció ese día. Mi maldito orgullo lo había provocado todo. Había querido poner fin a una guerra que se libraba desde el principio de los tiempos y sólo había conseguido recrudecerla. Y todo por no contar con los sentimientos de los instrumentos escogidos, por no hacerlos partícipes de su misión.

Ahora, observaba desde mi pequeño rincón de Morava cómo Ilya se escondía tras las faldas de las sacerdotisas del Consejo, incapaz de mirar a los ojos a su Tabarie. Era posible que a esas alturas ya hubiera descubierto que las palabras que había escuchado con los oídos inundados de celos, no tenían por qué referirse forzosamente a una traición. Demasiado tarde…

El guerrero que había sido su compañero durante nueve años no se defendía. Tan sólo la observaba, con una promesa de venganza brillando en sus ojos acerados. Y Darien siempre cumplía sus promesas.

Daron, oculto a los ojos de los hombres, alzó los ojos al cielo, atravesando con la mirada nubes y astros hasta clavarla en mí. Me acusaba en silencio y yo no podía defenderme. Habría preferido que ascendiera a Morava y volcara en mí su ira. En cambio, me dio la espalda y no volví a saber de él durante años.

Todavía recuerdo el momento en que Darien partió. Se alejaba del pueblo, erguido, con andar firme, con su espada Mordha como única compañía. Ni una sola vez miró atrás. No quedó rastro de su presencia en el poblado. Ni siquiera los que habían sido sus amigos se atrevían a pronunciar su nombre por miedo a que las sacerdotisas encontraran una excusa para castigarlos.

Durante casi seis años, Ilya soñó que el que dormía en la habitación de al lado era él. Y cuando las pesadillas la asaltaban en mitad de la noche, cubriéndola de sudor, sólo veía la muerte reflejada en las pupilas del guerrero.

Nadie esperaba su vuelta.

Pero nosotras sabíamos que volvería.